sábado, 8 de noviembre de 2025

La leyenda del Capitán Crowe. Quinta Parte.

LA LEYENDA DEL CAPITÁN CROWE

Quinta Parte: Sombras sobre el Estrecho


 La emboscada del camino

    La noche avanzaba espesa sobre las colinas de Algeciras. Las sombras, como espectros silenciosos, latían junto a los muros de piedra de una antigua casa fortificada. Dentro, todo estaba envuelto de una tensa calma. Doña Catalina de Albornoz esperaba, cubierta con un manto oscuro que apenas dejaba ver el brillo de sus ojos decididos.

    Junto a ella, Doña Beatriz —su confidente más fiel— sostenía un pequeño cofre cubierto por una tela de terciopelo negro. En su interior, un pequeño tesoro, el verdadero motivo de aquella huida: un conjunto de joyas familiares, monedas de oro y documentos confidenciales, planos estratégicos y una lista de simpatizantes liberales desperdigados por toda Andalucía. Aquello era tanto un elemento clave en la causa isabelina como una sentencia de muerte, si caía en manos equivocadas.

—Está todo preparado, mi señora —susurró Beatriz.

    Catalina asintió, sin mostrar nerviosismo.

    Afuera aguardaba el carruaje, custodiado por dos escoltas de confianza.

    El cochero —un hombre viejo y callado— lanzó una mirada rápida al cielo nublado antes de azuzar los caballos.

    El portón se abrió con un quejido.

    El carruaje se internó por un camino estrecho y pedregoso, serpenteando entre encinas y jarales.

   Debían alcanzar el muelle antes del amanecer, donde los esperaba La Estrella de Cádiz. El navío liberal tenía órdenes de zarpar rumbo al norte de África. Allí, Catalina podría refugiarse, entregar sus documentos a los representantes exiliados de la causa isabelina, y dirigir y financiar la lucha.

    Durante largo rato sólo se escuchó el rumor de los cascos y el chirrido de las ruedas.

    El aire olía a humedad y pólvora vieja.

    Catalina observaba el horizonte invisible tras la ventanilla mientras apretaba contra su pecho un pequeño estuche de cuero: el segundo juego de copias de los documentos, por si el cofre se perdía.

    De pronto, al llegar a una encrucijada, el carruaje se detuvo.

    Las voces llegaron primero como ecos, luego como amenazas.

—¡Alto ahí! —gritó alguien desde la oscuridad.

     Seis hombres, todos partidarios carlistas, emergieron del bosque, con las boinas rojas y las chaquetas desabrochadas. Llevaban trabucos y espadas cortas; alguno sostenía vacilante una botella; sus muecas olían a vino y peligro.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo uno, acercándose con una antorcha—. No parece caravana de mercaderes…

—Viajeros a Cádiz, señor —respondió el escolta mayor, tenso.

    El hombre acercó la antorcha al carruaje. El resplandor se reflejó en el rostro de Catalina. Y el silencio se hizo incómodamente denso.

—¡Por los cielos! —rugió otro de los carlistas—. ¡Es la bruja de Albornoz!

    Los demás se miraron entre sí, incrédulos y luego voraces. Los carlistas les ordenaron descender del carruaje.

—Así que huye la flor de los liberales… —bromeó el cabecilla—. Tal vez su rescate valga más que el tesoro que lleva escondido. Tal vez Ramiro pronto la haga suya.

    Y golpeó con el pie el costado del carruaje, donde el cofre estaba disimulado bajo un manto.

    Catalina lo miró con frialdad.

—Lo que llevo conmigo no tiene precio para sabandijas que no sepan leerlo —respondió con desprecio.

     La osadía en su voz encendió la ira del enemigo.

    Uno de ellos, ebrio, alzó su arma y la apuntó directamente a su pecho.

—¡Calla, bruja! ¡Vas a morir esta noche!

    El auriga contuvo el aliento. Doña Beatriz soltó un gemido.

    Catalina no se movió.

    Un disparo resquebrajó el silencio de la noche.

    El ebrio carlista cayó hacia atrás, sin un quejido.

   Antes de que los demás pudieran reaccionar, tres figuras armadas emergieron de la espesura. Disparos, acero, gritos ahogados. El combate fue breve y feroz.

    Cuando el humo se disipó, los atacantes yacían sobre el suelo o huían heridos hacia la oscuridad.

    El hombre que había disparado al carlista que amenazó a Catalina se acercó al carruaje.

     La luz temblorosa de una antorcha iluminó un rostro curtido por el mar y una mirada impenetrable.

—¿Se encuentra bien, mi señora? —preguntó en un español áspero, salpicado de un acento inglés.

    Catalina alzó la vista.

 —¿Quién sois vos?

—Anthony Blackmore, marinero de La Estrella de Cádiz —respondió con una leve inclinación—. El capitán me envía para escoltarla hasta el muelle.

    Catalina observó el cofre, luego al hombre.

   No era un soldado. Había algo en su postura, una mezcla de disciplina refinada y de melancolía, que la desconcertó.

    Pero no había tiempo para preguntas.

—Subid, señor Blackmore. Partiremos de inmediato. Debe haber carlistas agazapados como lobos hambrientos en cada matorral del camino —acotó el viejo auriga—.

    El carruaje retomó la marcha.

    En su interior, el cofre reposaba entre las rodillas de Beatriz, cubierto otra vez por el velo negro.

     Catalina, mirando a través de la ventanilla, sintió por primera vez en días una punzada de esperanza.

    Frente a ella, Anthony mantenía los ojos fijos en la oscuridad, alerta, mientras el viento nocturno agitaba el manto de la dama.

     Y cuando la Luna iluminó fugazmente el rostro de la doncella, algo en el interior del pecho de Anthony —quizás el alma del viejo capitán Alistair Crowe— volvió a latir, ahora con una fuerza nueva y desconocida para él.

El rugido del abismo

    Antes del amanecer, cuando apenas despuntaban los primeros rayos de luz y las penumbras de la noche comenzaban a disiparse, La Estrella de Cádiz levantó velas rumbo al sur.

    El mar se agitaba, con un oleaje que presagiaba desgracia.

    Doña Catalina y su fiel Beatriz permanecían en el camarote, junto al cofre sellado.

    Anthony —o el Capitán Alistair Crowe, como el destino lo conocía en su verdadera piel— vigilaba desde cubierta, atento a cada nube, a cada cambio en el viento.

    El Capitán Mendoza, junto a su contramaestre Diego “El Vizcaíno”, revisaba las cartas náuticas.

—Si el viento nos acompaña —dijo el capitán Mendoza—, antes del anochecer divisaremos las costas africanas.

    Pero el viento no sería su única compañía.

    La huida de Catalina no había pasado desapercibida. Desde el este, sobre el horizonte, dos siluetas oscuras se acercaban con rapidez.

    Pronto distinguieron dos navíos con banderas carlistas ondeando al sol naciente.

—¡A toda vela, que vienen por nosotros! —gritó un vigía.

    Los cañones de La Estrella fueron cargados con rapidez.

    Las voces se alzaron en cubierta como un coro de acero.

    Finalmente, fueron alcanzados.

   El primer impacto hizo temblar el barco: un proyectil enemigo había rozado la popa, lanzando astillas humeantes en todas direcciones.

    Anthony se puso al mando del costado de babor.

—¡Apuntad bajo! ¡Dejad que el viento guíe el tiro! —gritó con voz firme, con su acento inglés atravesando el fragor.

   El intercambio de balas se sostuvo por varios minutos.

   Los proyectiles de La Estrella de Cádiz, bajo la dirección de Anthony, respondieron con precisión mortal.

    Uno de los navíos carlistas ardió, escupiendo humo y fuego antes de hundirse lentamente con su tripulación.

    Los hombres del capitán Mendoza vitorearon.

    Pero el segundo enemigo —más veloz y maniobrable— embistió el costado de La Estrella y lanzó sus ganchos de abordaje.

    El caos se desató.

    Aullidos, tumulto, disparos.

    Los carlistas treparon como enjambre por las jarcias, y pronto la cubierta se convirtió en un infierno de gritos y sangre.

    Anthony luchaba con una furia que ningún mortal hubiera reconocido como humana.

    Su sable, largo y oscuro, trazaba arcos de luz bajo el sol.

   Pero entonces, una bala perdida lo alcanzó en el hombro izquierdo, haciéndole retroceder.

    La sangre empapó su camisa, y por un instante le pareció que el mundo a su alrededor giraba sin control.

    Finalmente, tropezó, perdió el equilibrio y, entre el estruendo de la batalla, cayó al mar.

    El agua lo devoró con un rugido sordo.

    Abajo, todo era silencio.

    El dolor en el hombro ardía, pero peor era la voz que escuchó entre las corrientes mientras se hundía más y más:

¿De nuevo huyes, Alistair? El mar siempre te reclama...

    Era el geniecillo, el espíritu maligno que había sellado su destino.

    Lo veía riendo entre burbujas oscuras, como si, incluso en el fondo del océano, también allí respirara su presencia.

    Anthony cerró los ojos. Por un instante pensó en rendirse, en hundirse de una vez.

    Pero entonces vio un rostro: Catalina, bellamente iluminada por los rayos de la luna, con la mirada firme de quien no teme ni a la muerte.

    Y en ese instante, Alistair “Bloodstain” Crowe volvió a nacer.

    Golpeó el agua con fuerza, alcanzó la superficie del mar, nadó hasta los restos de un cabo y se impulsó de regreso al costado del barco.

    Subió con un solo brazo, jadeando, empapado y sangrando, pero con el fuego de mil tormentas en los ojos.

     El agua chorreaba de su cuerpo como si el mismo Poseidón emergiera de las entrañas del océano.

    Sus hombres, al verlo de nuevo en cubierta, creyeron ver un espectro.

—¡Por Dios bendito, es él! —gritó el Vizcaíno—. ¡Blackmore ha vuelto del infierno!

    Ramiro, líder carlista —un gigante despiadado de mirada fría—, quien ya se hacía vencedor en aquella refriega, lo vio subir y sonrió con desprecio.

—Así que tú eres el inglés —dijo—. El demonio del mar del que hablan las historias.

—Y tú —replicó Anthony, empuñando su sable con la mano derecha—, serás una más de mis historias.

    El duelo fue brutal; cada golpe resonaba como un trueno.

     El enemigo era hábil, calculador, y poco a poco fue acorralando a Alistair, debilitado por la herida.

     Con una estocada certera, le derribó la espada, haciéndola volar hacia los tablones.

    El carlista levantó su sable para dar el golpe final.

    Entonces, un disparo resonó.

    El proyectil impactó justo en el pecho del carlista.

    El hombre cayó de rodillas, miró incrédulo hacia la fuente del disparo…

    Y vio a Doña Catalina, firme, en la escalerilla de popa, con una pistola aún humeante entre las manos.

    El silencio duró sólo un segundo.

    Los marinos de La Estrella de Cádiz rugieron de nuevo y arremetieron con renovada fuerza, hasta que el último carlista fue muerto o hecho prisionero.

    El viento se llevó el olor a pólvora y dejó sólo el suspiro de las olas.

    Anthony, exhausto, se apoyó en la borda.

    Catalina se acercó, temblorosa pero serena, y colocó una mano sobre su hombro herido.

—Me habéis salvado —dijo él, con una voz apenas audible.

—No, sir Anthony —respondió ella con dulzura—. Esta vez nos salvamos mutuamente.

    La brisa agitó su cabello y, por un instante, el mar se volvió tranquilo, como si incluso el océano reconociera la nobleza de aquel instante.

    Pero en lo profundo, invisible a los ojos de todos, algo se agitó entre las aguas, dejando escapar una risotada tenue que el viento arrastró, como si un antiguo pacto se removiera, impaciente por cobrarse su deuda.

Adiós bajo la luna de Arcila

    Luego de un navegar incierto, de dos naves enemigas incendiadas, el fragor de la batalla había quedado atrás, pero todavía resonaba con fuerza en la memoria de la tripulación.

   El mar, como un animal exhausto, se había rendido a la calma.

   La Estrella de Cádiz avanzaba decididamente, mecida por las olas que reflejaban con armonía los rayos dorados del atardecer.

   En el camarote, Beatriz, fiel consejera de Doña Catalina, retiraba con delicadeza la camisa empapada de sangre del inglés.

    Anthony soportaba el dolor con los dientes apretados, mientras ella, con temple de cirujana, extraía la bala del hombro y la dejaba caer sobre la mesa de roble con un seco tintineo.

—No hay hueso roto ni órganos afectados —dijo ella, limpiando la herida—. Pero la fiebre no tardará en llegar.

—Ya ha llegado —susurró Anthony, mirando de reojo a Catalina, que observaba en silencio desde el otro extremo del camarote.

    Durante días, mientras la costa africana se insinuaba como una línea dorada en el horizonte, y Catalina y Anthony pasaron largas horas conversando.

    Ella le habló de España, de las ideas liberales, de su amor por la libertad y la justicia.

    Él, en cambio, hablaba poco.

    Pero cuando lo hacía, su voz tenía el peso del océano.

—He visto demasiadas guerras, mi lady. Al final, el mar siempre se cobra lo que es suyo —mientras decía estas palabras, Catalina le apretó su mano.

    En otras ocasiones, Catalina lo encontraba en cubierta, mirando el horizonte con expresión perdida, como si esperara oír una voz que sólo él podía escuchar.

    En esos atardeceres de calma, la brisa traía consigo una afinidad silenciosa, un lazo entre ambos que no necesitaba palabras.

    El Capitán Mendoza, recuperado del motín y del combate, los observaba con resignado entendimiento.

    Sabía que pronto dejaría el mando: la Corona lo reclamaba en tierra para servir como enlace entre Cádiz y Madrid.

    Una noche, llamó a Anthony a su camarote.

—Señor Anthony —dijo el capitán Mendoza, con voz grave—, este barco necesita un capitán de verdad. Alguien con temple, con mar en las venas. Y ese hombre es usted. La tripulación lo respeta, y yo confío en su juicio. Le ofrezco el mando de La Estrella de Cádiz.

    Anthony permaneció callado, la mirada clavada en la lámpara que titilaba sobre la mesa.

—No sé si el mar me quiera, capitán —contestó finalmente—. O si sólo me tolera.

    Mendoza sonrió.

—El mar no quiere a nadie, amigo. Sólo respeta a los que lo entienden.

    Dos días después, la nave atracó en el puerto de Arcila, bajo un cielo limpio y luminoso.

    Los hombres desembarcaron entre cánticos y vítores, y la ciudad blanca los recibió con el aroma a especias y sal.

    Doña Catalina bajó la escalinata, rodeada de su pequeña comitiva y del cofre sellado que contenía el tesoro y los documentos destinados a financiar la causa liberal.

    Antes de pisar tierra firme, se volvió hacia Anthony.

    El viento jugaba con su velo, y por un instante, su mirada tuvo la ternura de quien sabe que un adiós no siempre es una despedida.

—No tengo palabras para agradeceros lo que habéis hecho —dijo ella con voz quebrada—. No sólo me salvasteis la vida… también el alma.

    Anthony inclinó la cabeza.

—Yo, en cambio, la perdí —murmuró apenas.

    Catalina comprendió.

    Le besó con amor la mejilla, y por un momento, todo el universo se detuvo.

    Fue un beso breve, pero ardía con el fuego de un amor prohibido, de una promesa, de un juramento entre dos almas que se reconocían en el mar de la vida, y a las que el destino concedía apenas un suspiro de compañía.

    Luego giró, subió al carruaje que la aguardaba, y partió hacia el interior, entre el polvo del camino y el murmullo de las palmeras.

    Esa noche, Anthony permaneció en cubierta, solo.

    El mar estaba sereno, y la brisa africana traía ecos de tambores lejanos.

    En silencio meditaba. Pensó en aceptar el mando, en quedarse allí, quizás comenzar una nueva vida junto a aquella mujer que había encendido un faro en la oscuridad de su alma.

    Pero entonces… una carcajada casi imperceptible surgió entre los pliegues del viento. Cada vez se hacía más clara y fuerte.

¿Creíste que podrías escapar, Alistair Crowe? —susurró el geniecillo, invisible, aunque tan real como ímpetu del océano.

    El hombro herido comenzó a arder.

    Un dolor antiguo, inhumano, subía por su brazo hasta el corazón.

El mar no olvida sus pactos.

     Anthony cayó de rodillas, jadeando.

—¡Maldito ser del infierno! —vociferó con esfuerzo—. ¿Ahora también te ensañarás conmigo arrebatándome a Catalina?

    Entendió que el demonio del abismo no lo dejaría gozar de redención ni amor.

    Sollozando, se levantó, caminó hasta una lancha pequeña que, solitaria, permanecía en la orilla de la costa.

    El mar, una vez más, lo esperaba, mudo y paciente.

    Remó hacia la línea del horizonte, mientras la Luna lo seguía, como una lágrima suspendida en el cielo.

    Nadie lo detuvo. Nadie lo vio partir.

   Sólo el murmullo de las olas pareció despedirlo, y el eco lejano del geniecillo riendo entre las aguas, llevándolo a un viaje sin rumbo ni destino.

    En la costa, Catalina se despertó sobresaltada, como si su alma hubiera oído aquella partida.

    Corrió hasta la orilla, pero desconsolada, sólo alcanzó a ver, a lo lejos, bajo los rayos de una melancólica luna, una barca diminuta perdiéndose en las espesas brumas del amanecer.

    Una lágrima silenciosa recorrió su mejilla. 

    Atormentada se preguntaba interiormente si algún día lo volvería a ver. 

    El viento trajo consigo una frase que el mar parecía susurrar una y otra vez:

“Anthony Blackmore no muere… sólo navega allí donde los hombres olvidan sus propias sombras.”

 

«««««««««««««« o »»»»»»»»»»»»»»

    Si esta historia te ha llevado a otros mares, quizá quieras adentrarte en una leyenda donde el océano no sólo guarda secretos, sino condenas.

    La leyenda del Capitán Crowe, el pirata maldito es una novela de aventura, misterio y fantasía histórica, donde los pactos se sellan con sangre, el amor desafía a la muerte y el mar nunca olvida a quienes le deben algo.

    Descubre la historia completa aquí:

👉 Atrévete a leerla ☠️

    

jueves, 23 de octubre de 2025

Las agujetas amarillas

 

I. El Abuelo Seamus

    El folclore popular, con el paso del tiempo, va diluyendo poco a poco los relatos de la memoria de los pueblos. Muchas historias se extinguen, pero otras se mantienen con persistencia a lo largo de los años.

    Tal es el caso de esta antigua leyenda. En ella encontramos vestigios de una enseñanza heredada por generaciones.

    Se cuenta que, en Irlanda, en un pequeño poblado asentado en las verdes y recónditas colinas de Glenmore, existía una pequeña cabaña de piedra.

    La niebla la rodeaba con su encanto y se deslizaba sigilosamente entre los robles cercanos.

    Allí, en ese pequeño refugio, vivía la familia O'Connell, cuya riqueza no era tanto material, sino de la alegría, el trabajo y la nobleza de sus almas.

    Su vida era sencilla, como la de cualquier familia del poblado, marcada por los ritmos del día y de la noche, de los días soleados y de lluvia, con una cadencia similar a la del río que nunca olvida su cauce.

    Dedicaban sus faenas diarias al cultivo de sus parcelas y a la crianza de animales domésticos, además de las rutinas propias del hogar, que desempeñaban a veces con fatiga, pero con una gran satisfacción interior.

    En la casa de los O'Connell, el más anciano de sus miembros, el abuelo Seamus, yacía postrado en su cama, confeccionada de madera y lana. El abuelo respiraba con calma, como quien sabe que cada día tiene su final. Sus profundos ojos azules y brillantes contemplaban el lugar, una habitación modesta pero cálida y silenciosa.

    Con una voz apagada pero firme, pidió traer a su nieto Steve. El pequeño Steve, de nueve años, el mayor de tres hermanos, era un chico curioso y despierto, y en ese momento se encontraba jugando a las afueras de la casa.

    Cuando el chico estuvo en la habitación, el viejo Seamus pidió quedarse a solas con él.

—Ven aquí, Steve —dijo el abuelo, con un tono tranquilo—. He esperado este momento más que cualquier otro.

    El pequeño se acercó, intrigado, y observaba con toda atención a aquella figura de barba blanca y tez marchita.

—Estas agujetas —explicó Seamus— han pasado de generación en generación. Mi abuelo me las entregó a mí, y yo las entrego ahora a ti. Son simples hilos, piensas, ¿verdad? Pero llevan consigo algo que el oro no puede comprar: paciencia, observación y fe en lo que aún no se ve.

    Steve escuchaba intrigado y miraba fijamente aquel par de cordones amarillos, un poco gastados por el tiempo, pero en sus hilos llevaban entretejidas indescriptibles historias. Sus dedos temblaron al tocarlas, como si rozara no un cordón, sino un rayo concentrado de Sol.

    Cuando el abuelo las puso en las delicadas manos de su nieto, éste frunció ligeramente el ceño. Su mente infantil había jugado con la idea de que recibiría algunas monedas, algunas gemas o quizá un pequeño tesoro escondido. En cambio, sólo empuñaba unos simples hilos amarillos.

—¿Eso es todo? —preguntó con un tono apenas perceptible de decepción en su voz.

—Eso es todo —contestó Seamus, que, con una paternal sonrisa, añadió—. Siéntete afortunado. Es más de lo que muchos podrían comprender. Úsalas con cuidado, no las pierdas nunca y camina con ellas puestas todos los días. Con el tiempo, descubrirás cómo hacerlas servir. Ten paciencia. Aprende de ellas y te traerán sabiduría. Y, mi querido Steve, mantén mis palabras en secreto.

    El niño sostuvo las agujetas con respeto y confusión, sin comprender del todo las palabras del abuelo. Pero en el fondo, algo de aquella advertencia quedaba grabado en su incipiente memoria, como arcilla que se cuela entre las grietas de una ruinosa pared.

    Aquella noche se sintió de improviso una ráfaga de viento golpear las ventanas, y los búhos ulularon sobre los tejados. El anciano Seamus había cerrado los ojos para siempre.

    Steve, despierto, se quedó junto al lecho del abuelo, acariciando su regalo, su preciada herencia, consciente de que algún día aquellos hilos brillarían como la luz del sol, aunque aún no lo supiera.

    Aquí, en medio de la negrura de la noche, bajo la quietud de Glenmore, con la vigilancia silenciosa de los robles, inicia la historia de Steve y sus agujetas amarillas, las cuales lo llevarán a un viaje único que transformará su corazón, mientras aprende a caminar al ritmo del Sol, de la Luna y de la Tierra misma.

II. Las burlas y la espera


    Los largos y tediosos días se alternaban con noches apacibles, y desde Glenmore, el Sol parecía danzar, jugando con las colinas, para finalmente terminar su recorrido y descansar al ocultarse tras el horizonte.

    Steve, a cada mañana caminaba hasta la escuela del pueblo. Sus botas viejas lucían unas extrañas agujetas amarillas, bien atadas. El chico cumplía con lo prometido a su abuelo.

    En la escuela, los colores de sus agujetas brillaban tanto al mediodía que los otros chicos lo notaron enseguida, para enfado del pequeño Steve.

—¡Miren las botas de Steve! —gritó uno, entre risas—. ¿Ya las vieron? ¡Lleva rayos de sol en los pies! ¡A ver si no se quema!

    Las carcajadas resonaron como el eco en las montañas de Glenmore.

    El chico no respondió nada. Se limitó a bajar la mirada, a apretar con firmeza los cordones y a seguir caminando como si aquellas risas sólo fueran murmullos pronunciados por el viento.

    Pero, por dentro, sentía que un nudo apretaba con fuerza su pecho. Le parecía incomprensible que algo tan simple, un regalo hecho con el corazón, pudiera provocar semejantes burlas.

    Aquella tarde, su madre lo encontró sentado junto al fuego, tratando de ahogar las burlas de sus compañeros con el crepitar de las brasas.

—No llores por lo que dicen —le susurró con ternura—. Tu abuelo creía en las cosas pequeñas, las que los demás no miran. Si él las puso en tus manos, es porque vio en ti algo que los otros aún no ven.

    El chico asintió, sin decir palabra, todavía absorto en sus pensamientos, como quien trata de descifrar un misterio. Afuera, el viento movía las ramas de un viejo roble, el mismo que su abuelo cuidaba desde joven. Le pareció que aquel sonido le hablaba en un idioma que apenas empezaba a reconocer sin entenderlo del todo.

    Comenzó poco a poco a despertar su curiosidad por la sucesión del tiempo, por los fenómenos naturales, la lluvia, el germinar de las semillas en la tierra, cómo el ímpetu de los ríos crecía en primavera y disminuía en invierno, los caminos invisibles que recorren los pájaros por el aire, las hojas que caen no por cansancio, sino por obedecer a un orden más grande.

    A veces, por las noches, cuando todos en casa dormían, el joven, como obedeciendo a un llamado misterioso, salía descalzo al patio y observaba el cielo. Contemplaba el plateado resplandor de la Luna y cómo las estrellas adornaban armoniosamente el firmamento, emitiendo sutiles destellos, lo cual le recordaba el brillo de los extremos de sus agujetas.

    Allí, con voz solitaria, dirigiéndose al infinito, preguntaba: “¿Qué querrías decirme, abuelo?” Pero el viento sólo respondía con un suave rumor de hojas.

    Los años fueron apilándose uno tras otro. Las agujetas cambiaban de calzado, se llenaban de polvo, pero nunca se rompían. En cada nudo que Steve hacía a los zapatos, percibía que algo intangible se anudaba también en él, como un pacto, como una promesa, como una lección que le esperaba por aprender.

    Las burlas en el pueblo, como era de esperarse, nunca cesaron. Eran como lluvia: a veces intensas, y otras, moderadas. Pero calaban en los huesos del chico, a quien lo tildaban de supersticioso, o que, simplemente, era su forma pueril de llamar la atención.

    Con el tiempo, el pequeño Steve aprendió a sostenerse interiormente repitiendo en silencio para sí: “Algún día sabré para qué sirven”, mientras recordaba el rostro amable del abuelo.

    Una tarde de otoño, mientras regresaba del bosque con un saco de leña en la espalda, se detuvo en un claro, donde el aire olía a tierra húmeda y las hojas caían con un rítmico vaivén.

    Miró sus pies y notó que los cordones extrañamente parecían más dorados que nunca, como si la luz del atardecer se sintiera atraída hacia ellos. Por un momento sintió que el tiempo se detenía y que el bosque respiraba con él. Luego, aquel momento casi mágico se desvaneció y todo volvió a la normalidad.

    Esa noche, luego de la cena familiar, su madre lo observó desatarse las agujetas de las botas y le preguntó con una sonrisa algo cansada:

—¿Aún las usas?

—Sí —respondió él—. Prometí al abuelo usarlas todos los días.

    Ella asintió serenamente y notó que los ojos de Steve se llenaban de un brillo que no supo interpretar. Tal vez el muchacho estaba creciendo de una forma distinta. Guardaba el recuerdo del abuelo de manera casi religiosa. Crecía, sí, pero, por ahora, hacia su interior, como un árbol que se fortalece al echar sus raíces en profundidad antes de hacer brotar sus ramas.

    En Glenmore, todo parecía haber cambiado muy poco. La gente se había acostumbrado, sin cuestionar, a un ritmo de vida dictado por la sabiduría colectiva heredada generación tras generación.

    Y aquel niño se volvió joven, el joven casi un hombre. Steve seguía al Sol cada día. Lo veía nacer y morir, mientras el río mantenía con constancia su curso.

    Y dentro del corazón del nieto de Eamon, algo se movía despacio, algo que no tenía prisa, algo que esperaba el momento adecuado para darse a conocer. Era como si las agujetas amarillas evocaran el resplandor del amanecer y esperaran el momento preciso para revelarle al muchacho su verdadero propósito. 

III. El cansancio y la rabia

    Los años pasaron rutinarios sobre Glenmore como la sombra lenta de una nube.

    Steve ahora vivía su adolescencia, la cual llegó con un nuevo peso de responsabilidad. Su madre, presa del cansancio de los años, veía minada su salud día tras día. Adicionalmente, la casa que los cobijaba acumulaba un mayor número de reparaciones, lo que se traducía en gastos adicionales.

    Así que el muchacho, contando ya con dieciséis años cumplidos, pensó que su suerte cambiaría en la ciudad. Decidió dirigirse allá y, gracias a su entusiasmo, juventud y dedicación, entró a trabajar en un pequeño, pero bien organizado, taller de herrería.

    Acostumbrado a sentir las caricias del viento, a tomar con sus manos la tierra para abrirle camino a las plantas, el primer día de trabajo le pareció insoportable.

    El olor del hierro fundido, el humo diseminándose por todo el lugar, los martillazos constantes contra el yunque: todo le parecía contrastar con el ambiente en el que había crecido.

    Sin embargo, el chico se aferró a su puesto de ayudante. Pronto sus botas y sus agujetas se llenaron de hollín, tornándose de un color casi ocre, casi como el oro viejo.

—¿Qué es eso que llevas, muchacho? —le preguntó un obrero una tarde, esbozando media sonrisa y fijando su mirada en las botas de Steve.

—Unas agujetas —respondió Steve sin levantar la vista, enfocado en su trabajo.

—Sí, ya lo veo, pero parecen de circo. —Acto seguido, los demás trabajadores del lugar se rieron con la risa agria del cansancio.

    Steve, aunque molesto, no contestó. Estaba ya habituado a esta clase de burlas, las cuales se habían trasladado de la escuela de su pueblo al taller de la ciudad.

    Por la noche, ya en casa, con el cuerpo sudoroso y las manos llenas de ampollas, se sentó frente a la chimenea, donde el fuego ya se había apagado y sólo se desprendían leves volutas de humo de las cenizas.

    Miró sus botas, sus agujetas, y pensó en el abuelo. Recordaba sus palabras, sus recomendaciones sobre la fe y el tiempo: “¿Cuánto tiempo?”, se preguntaba. “¿Cuánto hay que esperar para que algo cambie?”

    Al día siguiente, muy temprano, regresó al taller. Los días transcurrían a cuenta de martillazos, y el trabajo le curtió el alma, pero le fue quitando el brillo de sus ojos. El muchacho sentía que la vida lo rodeaba sin tocarlo, como si lo ignorase a propósito.

    Nunca dejó de usar las agujetas, y, al igual que ellas, llenas de polvillo metálico, se resistían a deshilacharse; el sudor las había vuelto duras como el cuero, y así el temple de Steve se iba forjando en la penumbra del taller.

    Algo dentro del chico lo obligaba a seguir, quizá una mezcla desconocida de respeto, costumbre y esperanza. Esto sentía cada mañana al atar sus agujetas.

    Pero, una tarde de junio, cuando el calor era insoportable en el taller, los jefes gritaban con enfado, los obreros maldecían, y el Sol caía sobre el tejado como una campana de hierro ardiendo.

    Steve sintió que algo dentro de él se quebraba. Sin embargo, con entereza, terminó su jornada laboral en el taller. Pero no emprendió el acostumbrado regreso a casa.

    En cambio, emprendió camino colina arriba, hacia los bosques que circundaban Glenmore. No sabía por qué se había dirigido precisamente allí; sólo sabía que necesitaba echar fuera tanto humo y tanto ruido de su cabeza.

    Los robles se cubrían de un resplandor anaranjado, despidiendo así a un Sol que comenzaba a ponerse en el horizonte.

    El chico llegó hasta un claro que conocía bien, el mismo donde había jugado y escuchado con atención las fantásticas historias del abuelo, quien parecía hablar con la verdad, pero que dejaba abiertos acertijos enigmáticos en la imaginación del pequeño.

    En aquel lugar sólo estaba Steve, sin el abuelo. El aire estaba quieto y el silencio, cargado, anunciando el cambio de estación.

    Se sentó bajo un roble, sintiendo el peso de la existencia sobre sus hombros. Las agujetas destellaban sutilmente con la última luz del día, pero Steve, abstraído en sus pensamientos, no lo notaba.

    Su interior se llenaba, por primera vez en mucho tiempo, de algo parecido a la rabia, al hastío: rabia por la promesa que nunca se había cumplido, hastío por alimentar una esperanza que se desvanecía como los rayos de aquella puesta de Sol.

    Hacían eco en su cabeza los años de constantes burlas y el peso de la pobreza.

    Con enfado, sacó las agujetas amarillas de sus zapatos y las miró con desagrado.

—¿Y de qué me sirven ustedes? —murmuró entre dientes, apretándolas con el puño.

—¿Dónde están las grandes satisfacciones, abuelo? ¿Dónde está el cambio que prometiste?

    Haciendo un gesto brusco, arrojó las agujetas lejos, quedando esparcidas entre la maleza.
    
    Steve se quedó allí, sollozando, respirando con dificultad, con los ojos húmedos y las manos vacías.

    El cansancio de la jornada pronto le fue ganando, y con él, el sueño. Se recostó sobre la hierba, bajo el cielo llameante del solsticio de verano, y dejó que el murmullo del bosque lo arrullara.

    Pronto empezó a soñar con los días de su infancia, con el abuelo, con los paseos por lugares recónditos, contemplando al Sol hundirse lentamente en el mar, en lugares de espectacular belleza, siempre llevando con alegría sus agujetas amarillas atadas a sus pies.

    Y, mientras dormía, algo se movió entre los arbustos: era un leve crujido, quizá un conejo, quizá una presencia antigua.

    Aquel ruido inusual lo despertó. Pero el aire era distinto. La luz se había vuelto más tenue, y el bosque parecía respirar a un ritmo más despacio, como si lo observara.

    Steve se incorporó, todavía somnoliento, y fue entonces cuando lo vio: una figura diminuta, un ser de barba blanca, con gorro rojo y mirada penetrante. Aquella criatura misteriosa sostenía en sus manos las agujetas amarillas.

    El muchacho palideció y, frotándose los ojos, creyó que aún soñaba. Sintió cómo la ansiedad se apoderaba poco a poco de su mente.

    Pero el pequeño ser le sonrió y, con voz grave, semejante al eco de una caverna antigua, rompió el tenso silencio:

—No tema, señor O’Connell. No suelo dejarme ver por nadie, sino sólo en ocasiones muy especiales. Y esta vez, parece que el Sol milenario ha querido que me encuentre con usted.

IV. El duende y su sabiduría

    Steve se quedó inmóvil.

    Aquella diminuta criatura no era un sueño. Tenía el tamaño de un niño de cinco años, pero la barba blanca era tan espesa como si estuviera hecha de espuma de mar. El chaleco verde musgo lo hacía perderse entre la hierba, y sus botas negras brillaban como si fueran un metal recién pulido.

    Por fin, Steve pudo articular palabra y le preguntó con voz quebrada:

—¿Quién… quién eres?

    El duendecillo ladeó la cabeza con gracia, como si aquel momento le pareciera divertido, y contestó con enigmáticas palabras:

—¡Ah!, los hombres siempre comienzan por esa pregunta. Podría decirte muchos nombres, pero ninguno te diría realmente quién soy. Digamos que soy el guardián de estas tierras y de los tiempos; un viejo amigo de los que aún escuchan el murmullo de la tierra.

    Estas palabras resonaron en los oídos del muchacho, quien dio un paso atrás. El duende alzó una de sus pequeñas manos con firmeza.

—Tranquilo, señor O’Connell; no vengo a dañarte. Más bien, creo que has perdido algo que no te pertenecía del todo… y que aún no has aprendido a usar.

    Le mostró las agujetas amarillas, ahora relucientes como si acabaran de ser tejidas por la luz del amanecer.

—Son tuyas —dijo Steve, temeroso.

—¿Tuyas? —repitió el duende con una risa grave—. ¿De verdad lo crees? Estas agujetas no son posesión de nadie. Pasan de mano en mano, como el día se entrega a la noche y la noche al amanecer. Tú sólo las has llevado prestadas.

    Steve no supo qué responder. El duende lo observó en silencio y luego, sacando algo de su pequeño zurrón, le dijo:

—Mira esto.

    De entre el saco extrajo un par de agujetas rojas. No eran de cuero ni de hilo común: parecían hebras de fuego líquido, vivas, palpitantes.

—Estas —explicó el hombrecillo— son hijas del Sol, del deseo y de la sangre. Si las tuyas te ataban al tiempo, éstas pueden atarte a la fortuna. Te mostraré.

    El duende enredó una de ellas alrededor de una rama caída. Sus dedos se movieron con gran destreza y delicadeza, y al cerrar el nudo, la rama se volvió de oro puro, emitiendo un resplandor cálido que iluminó todo el claro.

    Steve retrocedió, maravillado.

—¿Cómo… cómo lo hiciste?

—No lo hice yo, lo hizo el equilibrio —respondió el duende—. Cada cosa tiene su instante, su propio punto de fuego. El truco es saber cuándo toca al Sol estar despierto y cuándo le toca dormir. Los antiguos celtas lo sabían.

    El duendecillo se sentó sobre una raíz y le mostró los extremos de las agujetas rojas.

—Mira bien los símbolos, muchacho. En los extremos de una agujeta verás un Sol completo: eso marca el poder de los solsticios, cuando la luz reina o declina. En las puntas de la otra verás un medio Sol, que es el que gobierna los equinoccios, cuando el día y la noche se miran de igual a igual.

    El pequeño ser colocó una agujeta orientada de norte a sur y la otra la dispuso de este a oeste, formando una gran cruz en el suelo.

    Le explicó que, al igual que hay cuatro puntos cardinales, hay también cuatro estaciones, dictando un orden a la naturaleza.

    Luego de un solsticio viene un equinoccio; luego de un equinoccio, un solsticio, espaciados con sabia precisión a lo largo del año.

    Steve examinó las agujetas y observó con asombro que era verdad. Los grabados brillaban como si palpitaran al ritmo de la vida.

—¿Y qué hay de estos dibujos del otro lado? —preguntó.

—Son lunas —dijo el duende—. Son el espejo de los eclipses de Luna, cuando la sombra abraza a la noche. En esos días, lo que envuelvas con ellas se volverá plata.

    El chico escuchaba con atención cada palabra que salía de la voz cavernosa del duendecillo.

—Pero escucha bien, Steve O’Connell —su voz se volvió profundamente seria—: nunca las uses cuando el Sol se apague. Cuando la luz se oscurezca en pleno día, ni un nudo, ni una vuelta, ni un pensamiento con estas agujetas debe hacerse. ¿Lo entiendes?

    Steve asintió, aunque apenas podía contener la emoción.

    El duende le tendió las agujetas rojas con una de sus diminutas manos.

—Te las cambio por las amarillas. Las tuyas ya cumplieron su ciclo. Éstas te traerán lo que siempre has deseado. ¿Qué te parece?

    El muchacho dudó un poco. Por unos instantes atravesaron por su mente recuerdos de la infancia atados a esas agujetas. En cambio, las rojas llevaban implícita una promesa de poder.

    Luego, pensando en su madre, en la casa cuyo techo se caía a pedazos, la pobreza y los años de trabajo inútil, la balanza se inclinó. Aceptó el intercambio.

    Aquel momento fue sellado por un solemne silencio. Apenas las tomó en sus manos, Steve sintió que las agujetas rojas ardían suavemente entre sus dedos, como si una fuerza viva recorriera sus manos, su ser.

—Recuerda —dijo el duende, mientras el aire comenzaba a espesarse de nuevo—: el oro y la plata obedecen a los cielos, no a los hombres. Si rompes el ritmo del universo, él te romperá a ti.

—¿Y las amarillas? —preguntó Steve antes de que el duende se desvaneciera.

    El pequeño ser sonrió y lo reconfortó:

—Guárdalas en la memoria. Ya llegará el día de ver nuevos soles.

    Y dicho esto, el duende desapareció entre los árboles, dejando tras de sí un olor leve a musgo y una brisa templada, como si el bosque hubiera exhalado un suspiro.

    Steve se quedó solo, con las agujetas rojas en las manos y el corazón latiendo con fuerza. Miró las agujetas, maravillado. El oro… la fortuna… el cambio que tanto había esperado, ahora parecía estar al alcance de sus dedos.

—Gracias, abuelo —susurró al cielo—. Quizá tu promesa no era falsa, sólo… tardía.

    Ató las agujetas rojas a sus botas y caminó colina abajo, con una confianza y una sonrisa que no había tenido en años.

     No sabía que, con cada paso, los hilos del destino se estaban tensando de nuevo, preparando la lección más grande de su vida.
 

«««««««««««««« o »»»»»»»»»»»»»» 

   Si esta historia ha resultado de tu interés y quieres conocer su desenlace, puedes leerla completa en Amazon:

Las agujetas amarillas 

miércoles, 8 de octubre de 2025

Desde mi refugio interior

Cuando la desolación abre heridas y sé que tu presencia vive en mí.

La noche cae trayendo su aroma de nostalgia.
Y yo, una sombra más entre las sombras, me siento aislada, desenterrando restos de mi propio ser, ahondando en mi cruda existencia.
Miro hacia adentro, porque afuera nada me resulta habitable.

Allá afuera, entre los fantasmas de la modernidad,
viven estructuras y mentalidades que no me pertenecen:
la prisa, el ruido, la simulación, la vida caótica del exterior.

Adentrándome en mí, siento que desciendo por una escalera sin fin,
donde la luz se va apagando paso a paso.
He llegado a una caverna silenciosa, un desván olvidado,
un lugar que parece haber sido siempre mi destino:
la oscuridad que me habita.

Desde este rincón desolado quiero escribirte.
No como un lamento —aunque algo de ello se filtre entre las palabras—,
sino como quien intenta respirar dentro del silencio.

Aquí me ahogo en mis propias frases,
palabras que se resisten a volverse claras,
voces que tiemblan, y me quiebran profundamente
antes de pronunciar lo que duele.

Desde aquí evoco mi desolación.
Una que nace de no encontrar eco en el mundo exterior,
de hablar y que nadie responda.
Una que revela la anatomía de mi propia sombra,
vacía ya de su sangre,
hablando desde un dolor profundo:
el del abandono,
el de la pérdida de identidad que deja de verse reflejada en quien amaba.

De pronto, ya no hay luz, ni reflejo, ni tú.
Es como buscarte sin que hayas partido,
como si mis ojos, cansados de mirar afuera,
volvieran su mirada hacia dentro,
a los recuerdos, las memorias, los sentimientos que sembraste,
y que aún germinan aunque ya no estés para recoger sus frutos. 

Es compartir con nadie lo que ha brotado desde dentro.

Cuando más te amaba, te esfumaste,
te disolviste con la niebla de la mañana.

Tus manos ausentes para enjugar mis lágrimas.
Y ahora, hasta la más leve y gélida ráfaga de viento
que roza mis manos o mi rostro
me evoca a ti, creando la ingenua ilusión
de que sigues a mi lado.

Ojalá sigas realmente conmigo.
Porque, entre las sombras, sin ti, me pierdo.


Apetito onírico

Un paseo por una ciudad de ensueño; hasta donde el hambre me lleve.

    Pasear por una encantadora ciudad que nos es desconocida, siempre es una agradable experiencia.

    No seguimos mapas, simplemente deambulamos siguiendo nuestra intuición o curiosidad.

     En cierta ocasión, recorría el centro de una ciudad colonial, una bella ciudad como suspendida entre lo real y lo etéreo.

    En ese rincón casi mágico, en el corazón de aquella urbe, una gran plazoleta marcaba el punto de partida para los turistas.

    La gente se reunía en los diferentes espacios, se sentaba en bancas antiquísimas, observaban los niños correr detrás de las innumerables palomas, árboles adornaban armoniosamente el lugar, y las farolas estaban listas para brindar su luz al caer la noche.

    La vida transcurría insensible al paso del tiempo. 

    Las casas alrededor de la plazoleta habían resistido el cambio de la modernidad, y conservaban la elegancia colonial de otro siglo: balcones de hierro forjado, muros altos grises alternaban con puertas de madera y ventanas adornadas con macetas y flores.

    A mediodía se respiraba una quietud amable, con escasos vehículos transitando por las calles con la lentitud de un recuerdo. 

    Como una colmena que atrae a sus abejas, aquella zona era el lugar preferido de reunión de las personas, como si algo invisible las convocara a permanecer allí, y pasearan por los portales con arcos antiguos, refugiándose, ya sea de los inclementes rayos solares, o de la lluvia, en cualquier caso.

    No sólo era un lugar de esparcimiento. También se podían descubrir lugares para saciar el apetito.

    Debajo de esos portales, se alineaban pintorescos y atractivos restaurantes y cocinas, cada uno con un particular aroma de comida, prometiendo degustar una comida de agradable sabor.

    El hambre empezaba a mandar en mi cuerpo, así que me dirigí a uno de esos restaurantes.     

    A la entrada subí un pequeño escalón y atravesando una puerta abierta de par en par. pude ver dentro, una gran cantidad de mesas cuadradas que se distribuían ordenadamente por toda la planta baja, cada mesa con cuatro sillas, pero, para mi sorpresa, todas ocupadas por comensales absortos en sus conversaciones.

    El bullicio tenía ritmo propio: una mezcla de risas, voces y el tintineo de los cubiertos. Desde un tapanco, un músico tocaba inspirado su violín; sus notas flotando entre las lámparas y el humo del café, tratando de dar vida a aquel lugar que veía día tras día esta misma escena.

    Recorrí el salón con la mirada. No había espacio. Nadie se levantaba. Nadie parecía advertir mi presencia. Así que, sin replicar a mi estómago, le hice caso, y decidí marcharme.

    En los siguientes restaurantes, la escena se repetía: rostros felices, conversaciones interminables, platos servidos y la misma imposibilidad de hallar un lugar para mí.

    Hasta que recordé un pequeño local en una esquina del mismo centro histórico.

    Atravesé el jardín con paso rápido, guiado por el aroma de la comida y la esperanza de al fin calmar mi hambre.

    Pero cuando llegué, el sitio ya no era el mismo; tenía otra fisionomía.

   Donde antes recordaba una se servía una deliciosa comida china, ahora un modesto puesto ofrecía comida variada. Tras el mostrador, un hombre y una mujer se movían con ritmo sincronizado, preparando guisos, friendo tortillas, sirviendo tacos que desaparecían en manos ansiosas.

    El aire estaba lleno de aromas: caldo, especias, maíz recién hecho.

    No había carta, sólo guisos dispersos por doquier en grandes cazuelas y ollas.

    Mi mirada se detuvo por un momento, y por fin pedí un caldo de camarón.

   La mujer me lo entregó en un cuenco humeante. El aroma era delicioso, denso, casi tangible; y con sólo aspirarlo, sentí que el alma también se alimentaba.

    Tomé la cuchara.

    Y, cuando el primer sorbo estaba a punto de tocar mis labios...

    Sonó el despertador.

    Abrí los ojos, aún con el sabor imaginado del caldo en la memoria.

    Y sonreí... con hambre, con el antojo de aquellos guisos...

   A veces, los sueños nos conceden apenas un instante de satisfacción antes de recordarnos que seguimos hambrientos, con hambre de más vida, de más conocimiento, de más desarrollo, de más plenitud.

    Quizá así sea la vida misma: un intento constante por encontrar ese rincón donde el cuerpo y el alma, por fin, puedan saciarse, aunque sólo sea por un momento... ¿No lo crees?

lunes, 6 de octubre de 2025

El escritor desde la trinchera

     Allá afuera está la guerra.

    Desafortunadamente, también adentro, en lo hondo del alma.

    Son dos frentes que arrinconan a aquella identidad que creo tener.

    Ante el embate incesante del exigente ritmo de la vida, busco refugio en mi propio espacio personal.

    Puede ser una biblioteca; puede ser una cafetería.

    O simplemente, una silla y una mesa. Quizá un sillón iluminado por una fiel lámpara que no huye del combate, sino libra la batalla a pie firme.

    Allí, en la penumbra, en esa barricada improvisada, me aíslo de un mundo caótico, donde la gente corre, grita, se pierde en patrones de consumo y luego olvida quién es.

    Y no es sólo el mundo material que esclaviza y nos lleva al frente de batalla de los desafíos modernos, de compromisos que a veces adquirimos bajo el mando de generales invisibles, o en otras ocasiones, de forma automatizada, inconsciente, diría yo.

    También están las pequeñas batallas interiores. Metas que nos hemos propuesto cumplir, y ante las cuales sucumbimos tras un esfuerzo excesivo; esfuerzo al que no estamos acostumbrados, esfuerzo que nos incomoda más que quedarnos donde estamos.

    Y se suman, como balas que silban por mis sienes, los retos de darle sentido a nuestro vivir. A veces ya ni sabemos por qué luchamos, por qué emprendimos esta guerra. Vivimos disociados por dentro. Y eso nos desarma frente al enemigo. 

     Como escritora busco casi instintivamente tomar como arma contra la batalla una pluma.

    Y levantamos una hoja en blanco como escudo, una pequeña barricada de palabras que nos protejan incluso de nosotros mismos. 

     Es una lucha diaria, sin tregua.

    A veces caigo herida, pero no derrotada.

    De nada sirve cerrar los ojos; también por dentro se libra una guerra.

    Pero me levanto una vez más.  

     Y escribo. No para vencer, sino para decirme a mí misma que no he llegado al final.

    Cada palabra, cada frase, cada pensamiento vertido en papel, es como un disparo silencioso; un misil que busca acallar los ecos de un tormentoso pasado y debilitar los espectros de la indiferencia, de la insensibilidad, de los tanques de la incomprensión y la soledad. 

    Pese a ser una lucha interna, una lucha a la que nadie presta atención, sigo apuntando, sigo disparando, para saber que, a pesar del caos, sigo viva, resistiendo bajo las órdenes de una heroica combatiente, mi propia voz, mi propia identidad.

    No sé si resistiré la batalla hasta el final, pero escribir desde mi trinchera me sigue dando un aliento de vida. 

    Cuando, al asomarme de mi trinchera y veo un mundo envuelto en llamas, con fortalezas que se desmoronan, sólo mis libros se vuelven refugios; una hoja de papel mi búnker invisible.

    Allí derramo, no la sangre que corre por mis venas, sino la que corre por mi alma y se transforma en la tinta que deja una huella imborrable, una memoria de que, valerosa, aquí combatí y no me rendí.

    En este papel trazo el mapa de mi vida; un mapa para no perderme en un mundo donde apenas queda espacio para respirar. 

    Desde aquí, aunque vea mi entorno arder, no huyo; sino enderezo mi libro, afilo mi pluma, enfoco la mira, y escribo. 

    Desde aquí no hay likes, no hay aplausos, no hay pantallas, no hay historias qué compartir, no hay más que trazas de esperanza, la esperanza de que todo esto termine pronto, que esta guerra sea vencida por la voz del alma en libertad.

    Escribo simplemente para no capitular.

    Así, cada palabra tiene el agradable sabor de la victoria,
una conquista ganada contra nada más que yo misma.

    Y aquí, desde mi trinchera, escribo.

    Porque, para mí, escribir en estos tiempos, es un acto de fe.