viernes, 26 de septiembre de 2025

Camino al extravío. Capítulo I

CAMINO AL EXTRAVIO

Capítulo I: Entre la habitación del tiempo y la luz del olvido 

 

    Abrí los ojos como quien despierta de un largo sueño. Al mirar a mi alrededor, descubrí un ambiente bastante familiar. Un ambiente conocido, pero fastidiosamente aburrido. Estoy en un cuarto hecho de cuatro paredes, un espacio reducido que me permite dar unos 7 pasos entre paredes opuestas. Muros de unos tres metros de altura, un espacio blanco y cuadrado. Nadie más haciéndome compañía.

    La habitación ligeramente fría, sólo posee un "objeto".

    Sí, yo.

    Soy el único artefacto que adorna el lugar. Para distraerme un poco, y para no saberme dentro de un calabozo inhóspito, en una de las altas paredes hay una cavidad radiante, un lugar del cual se desprende una luz que no cesa.

    Como aquella fuente luminosa nunca se apaga, no tengo referencia alguna del paso del tiempo; desconozco si inicio un nuevo día o lo estoy concluyendo. Este lugar está vacío de la noción de la temporalidad. No tengo forma de medir el paso de los días, de los meses, de los años. Llevo tanto tiempo aquí, que no hago otra cosa que reflexionar. 

    Reflexiono poco, con esfuerzo.

    Me es más fácil hablarme a mí misma contándome una historia que ya me he contado miles de veces. La he repetido tanto como un monólogo mental, que me he grabado cada palabra de la historia en la más precisa secuencia.

    Cada que cuento este relato en el interior de mi mente, voy fijando el paso de los días, de las noches. Al final de cada historia, marco una vida más. Una vida que se repite como un bucle interminable y me abstraigo de pensar en mi yo del presente, mi yo real, condenada a una existencia de luz, sí, pero intrascendente metida en esta celda cuadrada.

    Luego de cerrar lo ojos, puedo contarme esta historia con todo lujo de detalles, alimentarla con emociones encendidas de todo tipo, con un pensamiento tan enfocado en el relato, que pronto pienso que es tan real como mi presencia en este lugar.

    Me transporto. Me abstraigo, y mi propio yo parece cobrar vida, parece que cada palabra se encarnara para hacer real eso que sólo imagino. Cuando cruzo el límite entre realidad y fantasía, mi mente, mi espíritu, todo mi ser, no saldrán de allí hasta que finalice mi relato. Sí, termina con mi muerte.

    Y despierto. Como ahora.

    Es hora de contarlo nuevamente. Detesto esta existencia en este cuarto vacío. Mi única forma de llenar mi existencia es trasladándome mentalmente a aquel mundo fantástico. Así que comenzaré. Como testigos de esta historia, mis propios pensamientos, y no sé si alguien desde detrás de aquella luz me escuche.

    No recuerdo el momento en que nací; no tengo memorias de cuando era tan sólo una bebé. Las experiencias que quedan grabadas en mi mente comienzan a una edad temprana, a los tres años. Cuando despierto, me veo en una hermosa cuna, adornada con lienzos finos y envuelta en cobijas suaves y aterciopeladas. Sentí hambre, así que grité:

    - ¡Mamá, tengo hambre! -dije desde la trinchera de mi cuna, que estaba todavía en penumbras en aquel amanecer.

    Pronto advertí que se encendía la luz de la amplia habitación, adornada con estantes de juguetes por todas las paredes. Mis ojos se entrecerraron inmediatamente como reacción a aquella luz, pero pronto se adaptaron a ella. Escuché pasos. Instantes después, escuché estas palabras (supongo dirigidas a mí):

    - ¡Oh, ya se despertó mi tesoro! ¿Tienes hambre, ternura? Ahora ordeno a tu nodriza para que te traiga tu comida, que debe de haberla ya preparado, porque mami ya se va al trabajo -contestó mamá.

    Mamá llamó a la nodriza, Michelle, quien pronto apareció en la habitación y recibió instrucciones. Una larga lista de tareas le encomendó mi mamá, y ella, atenta, tomaba nota mental de cada una de ellas, no queriendo omitir ni olvidar cada detalle. 

    Poco después, la nodriza me tomó en brazos cálidamente, como si se tratara de su propia hija, y cruzamos la habitación. Mi mamá se había alejado rápidamente esbozándome una sonrisa agradable. Igual, supuse era auténtica. Tenía mi progenitora asuntos importantes qué atender. Los otros, los delegaba a su nodriza. Eso incluía...

    Mis padres, supongo que ellos lo fueron (imagino que alguna vez tuve padres), abogados de profesión, vivían, junto conmigo, por supuesto, en una casa enorme, una mansión ubicada al sur de Florida, Estados Unidos. Sus trabajos como altos funcionarios del gobierno estatal, les demandaban estar poco en casa.

    Aquel lugar no era para ellos una casa, sino más bien una extensión de sus oficinas gubernamentales: Los teléfonos no dejaban de sonar nunca, y ellos, entregados admirablemente en cuerpo y alma a su servicio, sostenían largas conversaciones, atendían invitados distinguidos, y, como una estrella fugaz, a veces se les veía brevemente en casa para luego salir por la misma puerta que entraron para rápidamente subirse a sus SUVs personales y tomar rumbos desconocidos.

     Sin duda, llevaban una relación amorosa única, pues siempre tenían un tema común, asuntos que se compartían el uno al otro, obteniendo puntos de vista recíprocos, que les alentaba a seguir con la estrategia inicial, o modificarla un poco. Bueno, eso se decían el uno al otro.

    Podríamos decir que eran diplomáticos el uno con el otro.

    Por supuesto, habían resuelto, tras largas y acaloradas discusiones, quién cuidaría de mí, cómo sería mi educación, qué estudiaría, dónde trabajaría, cuáles serían mis contactos en mi vida profesional, en fin, mi vida estaba resuelta sin haberme levantado de la cuna. ¿Me casaría alguna vez? Al parecer, este punto no quedó aclarado. Supongo allí podría ejercer mi derecho a la libertad, según los estatus que rigen esta nación.

    Sus ausencias a veces eran de varias horas en el día. Esos episodios eran raros. Lo normal era que no estuvieran en casa por varios días, semanas, e incluso, meses... Su patriotismo era extremo, y supongo bien reconocido. Supongo aquella casa no era más que un botón de muestra de su cuantiosa fortuna.

    Así de inmensa era su demostración de amor hacia mí...

   Sí, pues me dejaban en buenas manos, al no poder ellos hacerse cargo de mí. Con amor habían seleccionado a mis mejores niñeras y formadoras.

    Luego del desayuno, debería seguir una rutina estricta. No iba ningún centro de enseñanza propio de mi edad a socializar con otros niños; eso era pérdida de tiempo, decían mis padres. Así que tuvieron la genial idea de contratar maestros y maestras que me impartieran los conocimientos básicos de forma personalizada. Por eso digo que me amaban. Esos detalles se les agradecen profundamente desde el corazón.

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[Continuará...

Pronto, en la próxima entrega, la rutina perfecta comienza a fracturarse:

 ¿Es esto sólo un vago recuerdo… o un sueño demasiado real?]


    

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