LA LEYENDA DEL CAPITÁN CROWE
Segunda Parte: El pacto de la botella
A unos cuantos pasos de mí, se detuvo el crujir. Ante la mirada propia y la de mi tripulación, vimos cómo una nube oscura se transformaba en una figura pequeña y de aspecto terrible. La altura de aquel ser no llegaba ni a la cintura de cualquier hombre.
Un abismo de oscuridad formaba su cuerpo y sus extremidades; un ser negro, denso como la noche, avanzaba hacia nosotros. Llevaba una especie de casco romano sobre su negruzca cabeza. De la parte superior del mismo salía un humo espeso y negro que se fundía con la niebla que nos había envuelto. Pero, cuando esta criatura infernal se molestaba, en vez de humo salían furiosas llamaradas que se elevaban varios metros por los aires.
Vestía una especie de manto rojo escarlata que cubría la mayor parte de lo que denominaríamos cuerpo. Sus pies eran como las patas de un lobo, negruzcas y peludas. Sus alas estaban plegadas, como las de los murciélagos, grandes y translúcidas. De sus cortos brazos se extendían dos manos, que, más que manos, eran como garras de águila, con uñas afiladas como navajas.
Nadie se atrevía a mirarlo a la cara, pues no tenía rostro definido; sólo dos brillantes ojos amarillos que se entreabrían ocasionalmente, advirtiéndose una perversión diabólica. La risa burlona ahora tenía una forma macabra bien definida.
Dirigió su mirada a la tripulación atrincherada detrás de barriles, mástiles, costales y cuerdas. Luego, volteó su cabeza y me miró fijamente. Tras unos instantes, volvió a reír burlonamente, como si ese fuera el lenguaje con que se comunicara. Cuando lo vi acercarse pausadamente hacia mí, en un instante de lucidez mental, ordené:
—¡Atrápenlo y mátenlo!
Motivados por el miedo y su instinto de supervivencia, más que por la gravedad de mi orden, varios de ellos se dieron a la tarea de perseguirlo por toda la cubierta; pero aquel geniecillo del mal se escabullía con facilidad de cada red, de cada golpe lanzado al aire, riendo como un niño cruel, mientras se desplazaba por los aires batiendo sus negras alas y dejando un rastro acústico de sus carcajadas burlonas, como si se divirtiera haciendo desatinar a un grupo de chicos torpes.
Se le veía aparecer y desaparecer en diversos lugares. Finalmente, una red fue puesta encima de él cuando uno de mis más gordos marineros, Thompson, lo capturó por sorpresa. El engendro infernal fijó su mirada en "El Gordo", quien, inmóvil, parecía haber sido hipnotizado por la extraña criatura. Soltó la red, y dando pasos torpemente hacia atrás, se tiró por la borda, cayendo en el mar. Pronto, sus compañeros se apresuraron a rescatarlo.
Con sus afiladas garras, ese pequeño espectro rompió las cuerdas de la red y salió de su momentáneo encierro. Antes de que hiciera un desperfecto más, saqué mi pistola de chispa Queen Anne finamente grabada con mi nombre que llevaba en el cinto, le apunté y le disparé a quemarropa.
Para mi sorpresa y desesperación, la bala atravesó a aquella criatura infernal sin causarle daño, como si hubiese disparado a la misma niebla. El proyectil, con gran estruendo, solamente abrió un boquete negruzco en cubierta. La criatura me miró fijamente con esos ojos amarillos brillantes, como quien mira a un condenado, y sentí un gran dolor en el brazo.
Seguidamente, caí al suelo como golpeado en el rostro por una barra sólida de metal. Conmocionado yacía en el suelo. Sentía cómo las fuerzas abandonaban mi corpulento cuerpo, y sólo podía llevarme las manos al rostro para mitigar un poco el agudo dolor que sentía. Sentí el calor de la sangre hormigueando por mi frente.
Allí descubrí cuán odiado y detestado era por mi tripulación.
Tras años de maltratos, de maldecirlos, de insultarlos y golpearlos cruelmente en castigo a lo que a mi juicio era una grandísima ineptitud, y, sabiendo que mis manos no sólo portaban armas, sino llevaban tatuada la sangre de tantas vidas arrancadas por ellas, me vieron por fin indefenso y vulnerable.
Advertí, en medio de mi desgraciada condición, que mi voz de autoridad no se derivaba del respeto a mi persona, sino del temor que infundía. Pero ese temor sólo necesitaba de una pequeña chispa para transformarse en odio visible.
Algunos de ellos se acercaron. Pero no se acercaron para ayudarme a ponerme en pie. Recibí algunos puntapiés de algunos de ellos. Alguno sacó su cuchillo y, justo antes de que empezara a descender su brazo, el duende maldito lo hizo desvanecerse también de dolor, que lo llevaba a emitir gritos ensordecedores.
Aquella pequeña criatura literalmente nos tenía a sus pies, o patas de lobo, como mencioné anteriormente. Con gran delicadeza, sacó una pequeña botella, la cual resplandecía vivamente en la oscuridad de la niebla.
De sus labios, si es que tenía labios, salió una voz aguda que reverberaba en los oídos hasta casi enloquecer, que decía:
—Valientes caballeros que ahora huyen como indefensas perdices asustadas: en esta botella tengo las almas de otra embarcación como la de ustedes. No es la única, como imaginarán. Y —continuó, mientras sacaba otra botella, pero vacía— en esta otra estarán las almas de ustedes.
Todos escuchaban aterrados sus palabras, mientras un relámpago iluminó brevemente aquel macabro escenario. Algunos lloraban, otros gritaban exclamando frases tales como: "¡Virgen Santa, estamos condenados!", "¡Esa criatura es el mismo Satanás!", "¡Mejor saltemos todos al mar!", "¡Que Poseidón venga a rescatarnos!"
Prosiguió el geniecillo del mal diciendo:
—Se acercan a una tormenta, la cual es mucho peor que la de esta madrugada. Un rayo caerá desde el corazón del cielo, partiendo por mitad su vetusto navío. Sólo quedarán cenizas flotando en el mar. Y ustedes morirán de formas tormentosas pagando por sus múltiples crímenes y su ambición desmedida... A menos que...
—¿A menos qué? —exclamé, casi sin fuerza y con voz apagada.
Aquella figura espantosa volvió a reírse a carcajadas burlonamente.
De alguna forma, aquel ser me trasladó a mi camarote, y pude, extremando mi esfuerzo, incorporarme y tumbarme en mi sillón de capitán. Cerró la puerta, y mi tripulación quedó expectante afuera del camarote.
—¿Qué exiges? —susurré—. ¿Oro, plata, diamantes? ¿Esclavos?
La criatura inclinó la cabeza. Su risa fue la única respuesta.
Así que insistí, y escuché retumbar su voz en mi cabeza, como un martillo golpeando una roca.
Tomé una hoja en blanco que llené con palabras que sellaban una promesa, y que haría en nombre de mi tripulación, para que a ellos no les causara ninguna otra desgracia.
Escribí sin pensar, guiado más por una voluntad ajena que por la mía. Firmé no con tinta aceitosa, sino con mi propia sangre, la cual se acumulaba en mi ropa dejando manchas nuevas, más oscuras. Esta vez, eran mías.
La criatura infernal tomó el papel, lo guardó en el frasco, y amenazó con hacernos pasar por peores tormentos y encerrarnos en su botella por toda la eternidad si osaba romper mi promesa.
Riendo a carcajadas, se fue desvaneciendo y transformándose en una bruma más de aquella niebla. Sus risas burlonas y diabólicas me atormentan todavía y me hacen estremecer cada vez que las recuerdo.
Extrañamente, pronto fue desvaneciéndose la oscura neblina, así como la tormenta que ya amenazaba con tragarse por completo nuestro ya sentido velero. Vimos resplandeciente el Sol en el horizonte.
La tripulación se sintió aliviada, y pronto recobraron el ánimo.
Dubois comenzó a entonar sus cantos, más feliz que nunca, y a él se le unieron otras voces.
—¡Caballeros! —me dirigí a ellos con voz fuerte—. Acabamos de atravesar un momento cruel y angustiante que dejará una marca imborrable en nuestras vidas, vidas que hemos salvado como un conejo se libra de la trampa. Han sido nuestros actos los que nos trajeron hasta aquí, y serán nuestros actos los que nos condenen o nos liberen. De ahora en adelante, vivan con dignidad. Si no quieren acabar atrapados en una botella, renuncien al mal.
Trataba de ordenar mi agitada cabeza, mientras la brisa salada del mar iba cauterizando mis heridas.
—Es nuestro deber dejar obrar el mal, si no queremos que vengan más desgracias futuras. Quiero que prometan que, a partir de ahora, todos lleven una vida digna; si no virtuosa, al menos, dejen de causar daño.
—McKenna —dije dirigiéndome a mi primer oficial— abandona la violencia y la bebida. No intentes solucionar tus diferencias a golpes.
—Cornelius —ahora le hablaba a mi contramaestre— deja a un lado tu orgullo y tu envidia, de lo contrario serán tu perdición.
—Y cada uno de ustedes —dije finalmente a mi tripulación— dejen de robar, dejen la avaricia, la ambición que los lleva a cometer los crímenes más crueles. Al desembarcar en las costas de Inglaterra, repartirán el botín ganado a precio de sangre, y lo repartirán. Y, finalmente, trabajarán de forma honrada y responsable. Esto, como digo, si no quieren terminar en una botella de vidrio sufriendo tormentos indescriptibles.
—Les habló su capitán... Caballeros.
—¡Ah!, y les ordeno tajantemente, que nunca cuenten lo sucedido en esta maldita noche. Se los repito una vez más, nunca lo cuenten a nadie, ni siquiera bajo los influjos del ron, de lo contrario yo mismo haré que se traguen sus palabras a puñetazos.
Vi ondear nuestra bandera pirata en lo alto de la mayor, y ordené retirarla y quemarla.
La luz del día se atenuaba cada vez más. El día envejecía y cedía su lugar al manto de la noche, iluminada ahora por los plateados rayos lunares.
Aquí, encerrado en mi camarote, doy testimonio de la veracidad de estos hechos.
Con esto concluyo, dejando este escrito para la posteridad, por si alguien lo encuentra.
Capitán Alistair “Bloodstain” Crowe
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A la mañana siguiente, al rayar el alba, los marinos, como de costumbre, se agruparon en cubierta esperando las instrucciones de su capitán. Esperaron y esperaron en medio de conversaciones en torno a lo sucedido la víspera.
Reanudaron sus faenas con diligencia, sin darle mucha importancia a que su capitán no se presentase en esta ocasión, aunque fuera la primera vez que esto sucedía.
Sólo Cornelius y McKenna se resolvieron a ir al temido camarote del capitán.
Tocaron insistentemente a la puerta; gritaban "¡Capitán!", pero sólo el silencio respondía. Su superior parecía seguir durmiendo.
Con un madero dieron un golpe seco a la puerta y pudieron entrar, finalmente.
Del capitán no había rastro alguno.
Se corrió la voz para buscar a su capitán por toda la embarcación.
Nadie lo encontró. Como si un monstruo invisible lo hubiera devorado. Algunos pensaron que aquel pequeño demonio se lo había llevado como pago del rescate. Otros decían que se había arrojado al mar. Como la noche, como el océano, aquello les pareció un insondable misterio, uno más que se sumaba a la lista.
McKenna tomó el mando del navío y se dirigieron a Inglaterra guiados por Mateo “El Mapas” Valverde.
Al cabo de algunos días llegaron a puerto de Portsmouth, aliviados, felices, y desconcertados por la misteriosa desaparición de su valiente capitán.
Pronto se familiarizaron con la gente de aquella población, y empezaron a repartir sus tesoros tal como lo habían prometido al que otrora fungía como su capitán.
La embarcación quedó abandonada en el puerto, testigo mudo de innumerables y crueles batallas libradas en los rincones más impensables del océano.
Cornelius y McKenna, quienes ya se habían hecho muy amigos, pronto notaron la presencia de una figura extraña que parecía vigilar cada detalle en alta mar y en el puerto mismo. Pero no, no era un ser maléfico del cual apartarse como si se tratase del mismo demonio.
Estos dos marinos notaron algo especial en aquel personaje. Era un anciano decrépito, sentado en una silla, con el rostro surcado por innumerables arrugas, una figura frágil que no hablaba y no parecía escuchar. Parecía estar en otro mundo. Su mirada se quedaba fija en algún punto del océano infinito, como si lo surcara de norte a sur, de este a oeste dentro de su mente.
Había algo peculiar en él. Aquellos ojos azules les recordaban los de su capitán. No sólo eso, las ropas deterioradas que vestía aquel anciano, asemejaban mucho a las que traía puestas su capitán al momento de desaparecer de La Sombra del Diablo.
Lo observaban con detenimiento mientras un escalofrío recorría sus sendos cuerpos.
Pronto se acercó una mujer de edad madura quien dijo estar cuidando de aquel hombre.
Contó que hacía algunos días lo encontraron vagando por la ciudad; que, efectivamente, no hablaba y parecía estar fuera de sí. No portaba armas ni dinero. Lo llevaron a un asilo situado casi junto al puerto, y cada mañana levantaba con lentitud su mano enflaquecida señalando el mar. Y allí lo llevaban día tras día. De vez en cuando se le veía derramar una lágrima por su mejilla.
Se retiraron del lugar no dando crédito a lo que habían visto, convencidos de que alguna extraña maldición lo había llevado a tan deplorable condición.
Al cabo de algunos días tras del desembarco de La Sombra del Diablo, el anciano murió y se procedió a su sepultura, sin saber nadie su nombre ni de su historia personal hasta aquel momento.
Sólo al prepararlo para su entierro le retiraron la chaqueta. En un bolsillo interior hallaron un diario empapado de sal y una hoja sellada con sangre seca. Llevaba la firma de Alistair ‘Bloodstain’ Crowe.
Quien hojee estas páginas quizá crea que son fantasía de un marino borracho, de un esclavo fiel de una botella de ron.
Sin embargo, cada amanecer, cuando el puerto de Portsmouth se cubre de bruma, algunos juran escuchar una risa infantil y burlona flotando sobre las aguas… como si la botella del pacto aún no se hubiera roto.
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Y el lector, ¿qué piensa de todo esto? ¿Realidad o fantasía?
[En la próxima entrega develaremos más misterios de esta inquietante historia...]
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Si esta historia te ha llevado a otros mares, quizá quieras adentrarte en una leyenda donde el océano no sólo guarda secretos, sino condenas.
La leyenda del Capitán Crowe, el pirata maldito es una novela de aventura, misterio y fantasía histórica, donde los pactos se sellan con sangre, el amor desafía a la muerte y el mar nunca olvida a quienes le deben algo.
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👉 Atrévete a leerla ☠️



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