lunes, 29 de septiembre de 2025

La leyenda del Capitán Crowe. Tercera Parte.

LA LEYENDA DEL CAPITÁN CROWE

Tercera Parte: El exilio del capitán

 


    Aquella noche, tras el encuentro con el engendro del mal, el capitán Crowe permanecía en su camarote, a oscuras, con la mirada perdida en el horizonte.

    Había velado hasta la medianoche: sabía que era la hora de partir. Debía cumplir las palabras que había sellado con su propia sangre.

    Sus pasos eran lentos pero decididos, como quien arrastra sobre sí mismo el peso de su propio cadáver.

    Salió del camarote. La noche era tranquila y casi se podía escuchar el respiro de La Sombra del Diablo meciéndose sobre las aguas.

    Bajo aquel cielo de plata dormía toda la tripulación. Y, aunque nadie velaba, agotados por la refriega y el miedo, como un pajarillo que busca refugio en su nido situado en lo alto de un árbol, sentía que era observado incluso desde lo profundo de sus sueños.

    La Luna derramaba su luz casi espectral a un costado del navío. Allí, en la banda de babor, una pequeña barca de remos lo esperaba. 

    A cada paso de sus botas pesadas, el entablado exhalaba un vaho helado, como si caminara sobre un cementerio.

    Con gran sigilo bajó por la escalera de gato.

    Al posarse sobre la barca, ésta se meció suavemente, como si una mano invisible hubiera esperado por siglos para sostenerle.

    El capitán abandonaba su propio barco.

    Para él esta era una gran humillación, una afrenta a su valentía y su prestigio.

    Con desgana, tomó los remos y emprendió su viaje sin mirar atrás.

   Sabía que, si lo hacía, su navío, La Sombra del Diablo, dejaría de ser un barco y se revelaría como lo que realmente era: una tumba flotante.

   El mar estaba tan liso que los remos cortaban la superficie sin escucharse un solo chasquido. La Luna, a cada palada, multiplicaba su reflejo hasta convertir a aquel navegante en un prisionero de espejos.

    Remó durante muchas horas hasta perder la noción del tiempo. Quizá habían sido sólo un puñado de minutos; tal vez un par de horas; o, quizá, años.

    Bebió un poco de ron de una botella que sacó del interior de su saco, su único consuelo ante aquel mar desolado. 

     En algún momento, se creyó víctima de otro engaño urdido por aquel ser que ahora le había arrebatado no sólo su preciado navío, sino ahora parecía condenado a perecer sin memoria en medio del océano. Imaginaba su cadáver flotando por las aguas siendo devorado por bestias marinas.

    En medio de estos delirios, levantó la mirada y pudo ver a lo lejos, entre la bruma densa, la silueta difusa de una isla. Era la misma niebla oscura que ya conocía. Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo: miraba, otra vez, el rostro de la muerte

    Cuando el bote tocó tierra, un aire sulfuroso le quemó la garganta.

    Fatigado, descendió de la barca y pisó la fina arena negra que a veces resplandecía con los pequeños rayos de Luna que se filtraban por entre las nubes negras. Se recostó y se entregó al sueño, claro, luego de refrescar su garganta con un poco de alcohol, y así ahogar los agrios recuerdos de la vigilia anterior.

    Tras varias horas de permanecer dormido, una risa burlona interrumpió su sueño profundo.

    No; aquel rumor no provenía del oleaje del mar del fondo, que azotaba con estruendo las rocas de la costa, sino de una figura que parecía sobrevivir de una de sus pesadillas.

 

    Se incorporó súbitamente, pero no veía a nadie a su alrededor. La oscuridad de la noche había cedido a una ligera claridad que iluminaba el lugar. Aun así, aquellas voces no parecían tener un cuerpo visible. No lo veía, pero sabía quién era. 

    Sintió su corazón latir con fuerza, y pronto recordó la razón de encontrarse en aquel lugar.

    —Bienvenido, capitán Crowe —chilló una voz a su espalda, una voz que no era ni humana ni de viento—. Me alegra que no hayas olvidado tu promesa. Hay una deuda que pagar. Fracasa... y tu alma resonará dentro de una botella por toda la eternidad.

    El casco del geniecillo chisporroteó como hierro al rojo. Y la isla entera pareció reírse con él.

    El capitán, con furia y con la fuerza de un rayo, dirigiéndose a la criatura del mal, con voz desafiante y grave, replicó:

    —No vine aquí para divertirte, maldito engendro del infierno. Con mis brazos he partido en dos a cualquier navío que se ha interpuesto en mi camino. Ningún mortal es rival para mí. Y, si llegaras a caer en mis manos, no correrías mejor suerte. 

    —Me halagan sus palabras, Capitán Crowe, y percibo todo el aprecio que siente por mí. Desafortunadamente no estamos reunidos para hacer gala de valentía y fortaleza. En esta hoja está en juego tu alma, bien lo sabes. Un paso en falso, y caerás al abismo de esta prisión de cristal —contestó el geniecillo con tono burlón.

    —¡Terminemos con esto! —contestó el capitán con enfado.

    Mientras aquel duende danzaba por los aires y reía sin parar, agotando la paciencia del capitán, le dijo:

    —Advierto que mi hospitalidad no te resulta grata. Así que preste mucha atención, capitán, para que no ponga en riesgo su permanencia en la tierra de los mortales —le replicó la extraña criatura. Y añadió:

    —Tu primera tarea será llevar a una bella y noble damisela de la península ibérica a la costa africana. Cuidarás que llegue con vida a su destino. Su nombre, "Doña Catalina de Albornoz".

    El capitán se estremeció como una tabla al recibir un fuerte martillazo. No por el desafío de la misión, sino al resonar en sus oídos el nombre de aquella mujer, como si el eco de una voz lejana hubiera tocado una fibra sensible en su interior.

    El resplandor de un relámpago iluminó brevemente su semblante.

    Pero pronto volvió en sí, y le dijo con rabia al ser maléfico:

    —¿Acaso te burlas? Yo he combatido contra ejércitos enteros en medio de las más cruentas tormentas, y ahora me encargas una misión que hasta yo mismo podría haber encargado al más torpe de mis marineros. Subestimas mi arrojo y mi fortaleza. ¿Así que, eso es todo, cuidar de una dama como si fuera yo una de sus nodrizas?

    Entonces demuéstrelo, Capitán. Cumpla su tarea... si no quiere navegar eternamente en una botella.

    No te demores; te espera un largo viaje en tu pequeña balsa. —agregó el engendro con dureza, consciente de la autoridad que ejercía sobre aquel viejo lobo de mar—. Por tu bien, espero no me decepciones, Capitán Crowe... o, ¡quizás sí!

   Estas últimas palabras las dijo llenando la atmósfera de chillidos y risas burlonas mientras desaparecía gradualmente en el aire.

     El capitán le lanzaba puñetazos, pero fallando en todos sus intentos. Finalmente lo perdió de vista, y regresó a su barca, a esa prisión de madera que lo mantendría con vida mientras surcaba el océano.

    Tras varios días a la deriva por el océano, fue rescatado por La Estrella de Cádiz, un bergantín mercante español que se dirigía a puertos de la península ibérica.

     Aunque el Capitán Crowe era navegante de los siete mares, no dominaba a la perfección el idioma español, por lo que le fue más fácil trabar amistad con algunos ingleses que formaban la tripulación, a quienes relató cómo una tormenta los había sorprendido en medio del océano haciendo naufragar su navío, y cómo él era el único superviviente de aquella desgracia.

    Su sola presencia imponía con autoridad, por lo que pocos se atrevieron a cuestionar su versión, incluido el capitán que estaba más enfocado en llegar pronto a puerto. Sabía que los asuntos en tierra no estaban nada bien. 

    El Capitán Crowe por fin pudo comer y beber a saciedad; bueno, beber sólo con moderación, pues no quería dar una mala impresión a sus rescatadores.

    Pronto se unió al equipo y le fueron asignadas tareas propias de la embarcación.

     Así, el temido Crowe, que una vez había mandado sobre hombres y cañones, ahora obedecía órdenes como un simple marinero. Su orgullo, como el ron que bebía en secreto, se evaporaba con el Sol.

    Pero cada noche, cuando el barco dormía, oía una risa que el viento traía desde el horizonte. Una risa infantil y cruel.

 

__________________________ 

[Continuará...] 

    En su nueva travesía como un simple marinero, el capitán Alistair "Bloodstain" Crowe conocerá a la joven y valiente Doña Catalina de Albornoz. Entre brumas y peligros, deberá protegerla de las maquinaciones del cruel y ambicioso Conde Ramiro de Alvear, enfrentando no sólo corsarios y tormentas, sino también los desafíos de su propio corazón.

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    Si esta historia te ha llevado a otros mares, quizá quieras adentrarte en una leyenda donde el océano no sólo guarda secretos, sino condenas.

    La leyenda del Capitán Crowe, el pirata maldito es una novela de aventura, misterio y fantasía histórica, donde los pactos se sellan con sangre, el amor desafía a la muerte y el mar nunca olvida a quienes le deben algo.

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sábado, 27 de septiembre de 2025

La leyenda del Capitán Crowe. Segunda Parte.

LA LEYENDA DEL CAPITÁN CROWE

Segunda Parte: El pacto de la botella

 

     A unos cuantos pasos de mí, se detuvo el crujir. Ante la mirada propia y la de mi tripulación, vimos cómo una nube oscura se transformaba en una figura pequeña y de aspecto terrible. La altura de aquel ser no llegaba ni a la cintura de cualquier hombre.

     Un abismo de oscuridad formaba su cuerpo y sus extremidades; un ser negro, denso como la noche, avanzaba hacia nosotros. Llevaba una especie de casco romano sobre su negruzca cabeza. De la parte superior del mismo salía un humo espeso y negro que se fundía con la niebla que nos había envuelto. Pero, cuando esta criatura infernal se molestaba, en vez de humo salían furiosas llamaradas que se elevaban varios metros por los aires.

     Vestía una especie de manto rojo escarlata que cubría la mayor parte de lo que denominaríamos cuerpo. Sus pies eran como las patas de un lobo, negruzcas y peludas. Sus alas estaban plegadas, como las de los murciélagos, grandes y translúcidas. De sus cortos brazos se extendían dos manos, que, más que manos, eran como garras de águila, con uñas afiladas como navajas.

     Nadie se atrevía a mirarlo a la cara, pues no tenía rostro definido; sólo dos brillantes ojos amarillos que se entreabrían ocasionalmente, advirtiéndose una perversión diabólica. La risa burlona ahora tenía una forma macabra bien definida.

     Dirigió su mirada a la tripulación atrincherada detrás de barriles, mástiles, costales y cuerdas. Luego, volteó su cabeza y me miró fijamente. Tras unos instantes, volvió a reír burlonamente, como si ese fuera el lenguaje con que se comunicara. Cuando lo vi acercarse pausadamente hacia mí, en un instante de lucidez mental, ordené:

     —¡Atrápenlo y mátenlo!

     Motivados por el miedo y su instinto de supervivencia, más que por la gravedad de mi orden, varios de ellos se dieron a la tarea de perseguirlo por toda la cubierta; pero aquel geniecillo del mal se escabullía con facilidad de cada red, de cada golpe lanzado al aire, riendo como un niño cruel, mientras se desplazaba por los aires batiendo sus negras alas y dejando un rastro acústico de sus carcajadas burlonas, como si se divirtiera haciendo desatinar a un grupo de chicos torpes.

     Se le veía aparecer y desaparecer en diversos lugares. Finalmente, una red fue puesta encima de él cuando uno de mis más gordos marineros, Thompson, lo capturó por sorpresa. El engendro infernal fijó su mirada en "El Gordo", quien, inmóvil, parecía haber sido hipnotizado por la extraña criatura. Soltó la red, y dando pasos torpemente hacia atrás, se tiró por la borda, cayendo en el mar. Pronto, sus compañeros se apresuraron a rescatarlo.

     Con sus afiladas garras, ese pequeño espectro rompió las cuerdas de la red y salió de su momentáneo encierro. Antes de que hiciera un desperfecto más, saqué mi pistola de chispa Queen Anne finamente grabada con mi nombre que llevaba en el cinto, le apunté y le disparé a quemarropa. 

     Para mi sorpresa y desesperación, la bala atravesó a aquella criatura infernal sin causarle daño, como si hubiese disparado a la misma niebla. El proyectil, con gran estruendo, solamente abrió un boquete negruzco en cubierta. La criatura me miró fijamente con esos ojos amarillos brillantes, como quien mira a un condenado, y sentí un gran dolor en el brazo.

     Seguidamente, caí al suelo como golpeado en el rostro por una barra sólida de metal. Conmocionado yacía en el suelo. Sentía cómo las fuerzas abandonaban mi corpulento cuerpo, y sólo podía llevarme las manos al rostro para mitigar un poco el agudo dolor que sentía. Sentí el calor de la sangre hormigueando por mi frente.

     Allí descubrí cuán odiado y detestado era por mi tripulación.

    Tras años de maltratos, de maldecirlos, de insultarlos y golpearlos cruelmente en castigo a lo que a mi juicio era una grandísima ineptitud, y, sabiendo que mis manos no sólo portaban armas, sino llevaban tatuada la sangre de tantas vidas arrancadas por ellas, me vieron por fin indefenso y vulnerable.

     Advertí, en medio de mi desgraciada condición, que mi voz de autoridad no se derivaba del respeto a mi persona, sino del temor que infundía. Pero ese temor sólo necesitaba de una pequeña chispa para transformarse en odio visible.

     Algunos de ellos se acercaron. Pero no se acercaron para ayudarme a ponerme en pie. Recibí algunos puntapiés de algunos de ellos. Alguno sacó su cuchillo y, justo antes de que empezara a descender su brazo, el duende maldito lo hizo desvanecerse también de dolor, que lo llevaba a emitir gritos ensordecedores.

   Aquella pequeña criatura literalmente nos tenía a sus pies, o patas de lobo, como mencioné anteriormente. Con gran delicadeza, sacó una pequeña botella, la cual resplandecía vivamente en la oscuridad de la niebla.

     De sus labios, si es que tenía labios, salió una voz aguda que reverberaba en los oídos hasta casi enloquecer, que decía:

     —Valientes caballeros que ahora huyen como indefensas perdices asustadas: en esta botella tengo las almas de otra embarcación como la de ustedes. No es la única, como imaginarán. Y —continuó, mientras sacaba otra botella, pero vacía— en esta otra estarán las almas de ustedes.

    Todos escuchaban aterrados sus palabras, mientras un relámpago iluminó brevemente aquel macabro escenario. Algunos lloraban, otros gritaban exclamando frases tales como: "¡Virgen Santa, estamos condenados!", "¡Esa criatura es el mismo Satanás!", "¡Mejor saltemos todos al mar!", "¡Que Poseidón venga a rescatarnos!"

     Prosiguió el geniecillo del mal diciendo:

     —Se acercan a una tormenta, la cual es mucho peor que la de esta madrugada. Un rayo caerá desde el corazón del cielo, partiendo por mitad su vetusto navío. Sólo quedarán cenizas flotando en el mar. Y ustedes morirán de formas tormentosas pagando por sus múltiples crímenes y su ambición desmedida... A menos que...

     —¿A menos qué? —exclamé, casi sin fuerza y con voz apagada.

     Aquella figura espantosa volvió a reírse a carcajadas burlonamente.

    De alguna forma, aquel ser me trasladó a mi camarote, y pude, extremando mi esfuerzo, incorporarme y tumbarme en mi sillón de capitán. Cerró la puerta, y mi tripulación quedó expectante afuera del camarote.

    —¿Qué exiges? —susurré—. ¿Oro, plata, diamantes? ¿Esclavos?

     La criatura inclinó la cabeza. Su risa fue la única respuesta.

    Así que insistí, y escuché retumbar su voz en mi cabeza, como un martillo golpeando una roca. 

     Tomé una hoja en blanco que llené con palabras que sellaban una promesa, y que haría en nombre de mi tripulación, para que a ellos no les causara ninguna otra desgracia. 

     Escribí sin pensar, guiado más por una voluntad ajena que por la mía. Firmé no con tinta aceitosa, sino con mi propia sangre, la cual se acumulaba en mi ropa dejando manchas nuevas, más oscuras. Esta vez, eran mías.

      La criatura infernal tomó el papel, lo guardó en el frasco, y amenazó con hacernos pasar por peores tormentos y encerrarnos en su botella por toda la eternidad si osaba romper mi promesa.

     Riendo a carcajadas, se fue desvaneciendo y transformándose en una bruma más de aquella niebla. Sus risas burlonas y diabólicas me atormentan todavía y me hacen estremecer cada vez que las recuerdo.

     Extrañamente, pronto fue desvaneciéndose la oscura neblina, así como la tormenta que ya amenazaba con tragarse por completo nuestro ya sentido velero. Vimos resplandeciente el Sol en el horizonte.

    La tripulación se sintió aliviada, y pronto recobraron el ánimo.

     Dubois comenzó a entonar sus cantos, más feliz que nunca, y a él se le unieron otras voces. 

   —¡Caballeros! —me dirigí a ellos con voz fuerte—. Acabamos de atravesar un momento cruel y angustiante que dejará una marca imborrable en nuestras vidas, vidas que hemos salvado como un conejo se libra de la trampa. Han sido nuestros actos los que nos trajeron hasta aquí, y serán nuestros actos los que nos condenen o nos liberen. De ahora en adelante, vivan con dignidad. Si no quieren acabar atrapados en una botella, renuncien al mal. 

     Trataba de ordenar mi agitada cabeza, mientras la brisa salada del mar iba cauterizando mis heridas.

      —Es nuestro deber dejar obrar el mal, si no queremos que vengan más desgracias futuras. Quiero que prometan que, a partir de ahora, todos lleven una vida digna; si no virtuosa, al menos, dejen de causar daño.

     —McKenna —dije dirigiéndome a mi primer oficial— abandona la violencia y la bebida. No intentes solucionar tus diferencias a golpes.

     —Cornelius —ahora le hablaba a mi contramaestre— deja a un lado tu orgullo y tu envidia, de lo contrario serán tu perdición.

     —Y cada uno de ustedes —dije finalmente a mi tripulación— dejen de robar, dejen la avaricia, la ambición que los lleva a cometer los crímenes más crueles. Al desembarcar en las costas de Inglaterra, repartirán el botín ganado a precio de sangre, y lo repartirán. Y, finalmente, trabajarán de forma honrada y responsable. Esto, como digo, si no quieren terminar en una botella de vidrio sufriendo tormentos indescriptibles.

     —Les habló su capitán... Caballeros.

     —¡Ah!, y les ordeno tajantemente, que nunca cuenten lo sucedido en esta maldita noche. Se los repito una vez más, nunca lo cuenten a nadie, ni siquiera bajo los influjos del ron, de lo contrario yo mismo haré que se traguen sus palabras a puñetazos.

     Vi ondear nuestra bandera pirata en lo alto de la mayor, y ordené retirarla y quemarla.

     La luz del día se atenuaba cada vez más. El día envejecía y cedía su lugar al manto de la noche, iluminada ahora por los plateados rayos lunares.

     Aquí, encerrado en mi camarote, doy testimonio de la veracidad de estos hechos.

     Con esto concluyo, dejando este escrito para la posteridad, por si alguien lo encuentra.

 

Capitán Alistair “Bloodstain” Crowe

 

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      A la mañana siguiente, al rayar el alba, los marinos, como de costumbre, se agruparon en cubierta esperando las instrucciones de su capitán. Esperaron y esperaron en medio de conversaciones en torno a lo sucedido la víspera. 

     Reanudaron sus faenas con diligencia, sin darle mucha importancia a que su capitán no se presentase en esta ocasión, aunque fuera la primera vez que esto sucedía.

     Sólo Cornelius y McKenna se resolvieron a ir al temido camarote del capitán. 

     Tocaron insistentemente a la puerta; gritaban "¡Capitán!", pero sólo el silencio respondía. Su superior parecía seguir durmiendo.

      Con un madero dieron un golpe seco a la puerta y pudieron entrar, finalmente.

     Del capitán no había rastro alguno.

     Se corrió la voz para buscar a su capitán por toda la embarcación.

     Nadie lo encontró. Como si un monstruo invisible lo hubiera devorado. Algunos pensaron que aquel pequeño demonio se lo había llevado como pago del rescate. Otros decían que se había arrojado al mar. Como la noche, como el océano, aquello les pareció un insondable misterio, uno más que se sumaba a la lista.

     McKenna tomó el mando del navío y se dirigieron a Inglaterra guiados por Mateo “El Mapas” Valverde.

     Al cabo de algunos días llegaron a puerto de Portsmouth, aliviados, felices, y desconcertados por la misteriosa desaparición de su valiente capitán.

     Pronto se familiarizaron con la gente de aquella población, y empezaron a repartir sus tesoros tal como lo habían prometido al que otrora fungía como su capitán.

    La embarcación quedó abandonada en el puerto, testigo mudo de innumerables y crueles batallas libradas en los rincones más impensables del océano.

    Cornelius y McKenna, quienes ya se habían hecho muy amigos, pronto notaron la presencia de una figura extraña que parecía vigilar cada detalle en alta mar y en el puerto mismo. Pero no, no era un ser maléfico del cual apartarse como si se tratase del mismo demonio.

    Estos dos marinos notaron algo especial en aquel personaje. Era un anciano decrépito, sentado en una silla, con el rostro surcado por innumerables arrugas, una figura frágil que no hablaba y no parecía escuchar. Parecía estar en otro mundo. Su mirada se quedaba fija en algún punto del océano infinito, como si lo surcara de norte a sur, de este a oeste dentro de su mente. 

    Había algo peculiar en él. Aquellos ojos azules les recordaban los de su capitán. No sólo eso, las ropas deterioradas que vestía aquel anciano, asemejaban mucho a las que traía puestas su capitán al momento de desaparecer de La Sombra del Diablo.

    Lo observaban con detenimiento mientras un escalofrío recorría sus sendos cuerpos. 

    Pronto se acercó una mujer de edad madura quien dijo estar cuidando de aquel hombre.

    Contó que hacía algunos días lo encontraron vagando por la ciudad; que, efectivamente, no hablaba y parecía estar fuera de sí. No portaba armas ni dinero. Lo llevaron a un asilo situado casi junto al puerto, y cada mañana levantaba con lentitud su mano enflaquecida señalando el mar. Y allí lo llevaban día tras día. De vez en cuando se le veía derramar una lágrima por su mejilla.

     Se retiraron del lugar no dando crédito a lo que habían visto, convencidos de que alguna extraña maldición lo había llevado a tan deplorable condición.

     Al cabo de algunos días tras del desembarco de La Sombra del Diablo, el anciano murió y se procedió a su sepultura, sin saber nadie su nombre ni de su historia personal hasta aquel momento.

     Sólo al prepararlo para su entierro le retiraron la chaqueta. En un bolsillo interior hallaron un diario empapado de sal y una hoja sellada con sangre seca. Llevaba la firma de Alistair ‘Bloodstain’ Crowe.

   Quien hojee estas páginas quizá crea que son fantasía de un marino borracho, de un esclavo fiel de una botella de ron.

    Sin embargo, cada amanecer, cuando el puerto de Portsmouth se cubre de bruma, algunos juran escuchar una risa infantil y burlona flotando sobre las aguas… como si la botella del pacto aún no se hubiera roto.

 

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    Y el lector, ¿qué piensa de todo esto? ¿Realidad o fantasía?

     [En la próxima entrega develaremos más misterios de esta inquietante historia...]

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    Si esta historia te ha llevado a otros mares, quizá quieras adentrarte en una leyenda donde el océano no sólo guarda secretos, sino condenas.

    La leyenda del Capitán Crowe, el pirata maldito es una novela de aventura, misterio y fantasía histórica, donde los pactos se sellan con sangre, el amor desafía a la muerte y el mar nunca olvida a quienes le deben algo.

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