martes, 11 de noviembre de 2025

Te ignoro; luego, no existes

“Te ignoro; luego, no existes.”
— Gabriella Roxanne Allièr

    No es una frase filosófica. Ni busca serlo.

   Nace, más bien, del cansancio. Del ruido. De ese malestar que se respira entre las multitudes y las pantallas. No pretende pensar el mundo; simplemente lo refleja, con la crueldad de un espejo que ya no devuelve rostros, sino ausencias.

    “Pienso, luego existo”, decía Descartes. Era una afirmación de vida, una declaración de presencia. Pero los siglos torcieron esa lógica. Hoy, el pensamiento ya no basta. Nadie se salva sólo con pensar. Para existir hay que ser visto, escuchado, mencionado… y cuando alguien te ignora, algo en ti se apaga.

    De ahí brota el sarcasmo: “Te ignoro, luego, no existes.”

    No es una teoría, sino una herida. Una frase nacida del anonimato y de la indiferencia, hija del tiempo en que mirar cansa y atender parece un lujo. No pretende filosofar: se queja, se ríe amargamente, señala con el dedo una verdad que todos fingimos no ver.

    Porque ignorar se volvió una costumbre.

    Y poco a poco, sin darnos cuenta, hemos aprendido a desaparecer a los otros con un simple gesto de silencio.

I. El dogma del pensamiento

“Pienso, luego existo.”
— René Descartes

    Hubo un tiempo en que esa frase bastaba. Pensar era una prueba de vida. Bastaba con cerrar los ojos, dudar, sentir el propio pensamiento fluyendo, para saber que uno era real. Descartes lo creyó, y durante siglos le creímos con él. Era reconfortante: existir no dependía de nadie, sólo de uno mismo.

    Pero los tiempos cambiaron. El ruido creció, las voces se multiplicaron, y el pensamiento se volvió un murmullo débil, casi inaudible. Hoy ya nadie tiene tiempo para escucharse pensar. El silencio interior fue reemplazado por el zumbido constante de las notificaciones, los mensajes, los rostros ajenos. Y así, poco a poco, la vieja certeza se fue resquebrajando: ya no basta con pensar; hay que ser visto para existir.

    Lo que antes era un acto íntimo se ha vuelto un espectáculo. No basta sentir, ni comprender, ni crear en soledad. Todo debe mostrarse, probarse, compartirse. La mente ya no es un refugio; es una vitrina.

    Por eso, “Pienso, luego existo” suena hoy como una reliquia ingenua.

    Y en su lugar, la época susurra —sin darse cuenta— una nueva versión, más cruel y más fiel al espíritu del tiempo:

    “Te ignoro, luego, no existes.”

    Una frase nacida no de la razón, sino del cansancio. No del pensamiento, sino del abandono.

II. Estructura y parentesco con Descartes

    La frase “Te ignoro, luego, no existes” no nació para discutir con Descartes, pero inevitablemente lo hace. Es su reflejo deformado, una sombra proyectada por un mundo que ya no cree en la claridad del pensamiento.

    En apariencia, ambas oraciones comparten la misma estructura: una causa y una consecuencia. Pero mientras el filósofo francés afirmaba el poder del pensamiento como prueba de vida, esta nueva versión lo desmiente. Donde antes el pensamiento bastaba, ahora se necesita la mirada del otro. La existencia ha cambiado de dueño: ya no está en la mente, sino en los ojos ajenos.

    Lo irónico es que nadie decretó ese cambio. Sucedió solo.

    No hubo manifiesto ni rebelión filosófica. Fue la vida diaria, la costumbre, la saturación de presencias, lo que dio origen a esta nueva lógica: la del silencio que mata, la del olvido inmediato.

    En un mundo donde todo compite por atención, ignorar se volvió un acto de poder. Descartes buscaba una verdad que no dependiera de nadie; nosotros, sin quererlo, construimos una realidad que depende de todos. Un sistema donde dejar de mirar equivale a negar, y donde la indiferencia es el nuevo juicio final.

    Así, “Te ignoro, luego, no existes” no es una idea pensada, sino una consecuencia vivida. Una frase que se pronuncia sin decirse, que se ejecuta cada día con un gesto distraído. No es filosofía: es hábito. Y quizá, la forma más silenciosa de crueldad que nuestra era ha normalizado.

III. Dimensión psicológica: invisibilizar como aniquilación

    Ignorar puede parecer —y muchas veces es— un gesto pequeño, distraído, casi automático. Una pantalla que no devuelve respuesta, un saludo que no recibe eco, una conversación que se corta. Pero esa pequeña omisión, repetida, se vuelve cuchillo.

    Cuando alguien ignora deliberada o rutinariamente a otra persona, no sólo retira su atención: retira su espejo. Y sin espejo, el rostro pierde contorno. La identidad, que se alimenta de reconocimiento, se deshilacha. Lo que comienza como indiferencia termina como borrado.

    No siempre es malicia planificada. A menudo es pereza social, miedo al conflicto, fatiga de la atención. Pero la intención no exime el daño. Ignorar es un arma —a veces torpe, a veces refinada— que pulveriza. Con un silencio sostenido se desmantela la presencia del otro: sus recuerdos dejan de convocarse, sus palabras pierden auditorio, su existencia se vuelve rumor.

    El efecto es íntimo y brutal. La persona que no es vista empieza a dudar de su propia sustancia: se pregunta si su voz tiene sentido, si su dolor merece nombre, si su vida merece ser contada. La soledad se vuelve espejo invertido: no reflejo, sino vacío.

    Así, la indiferencia opera como pena y como sentencia. Aun cuando el agresor no “quiera” herir, sus silencios pueden cumplir la misma función que un juicio: declarar que el otro ya no cuenta. Ignorar deja una cicatriz que la presencia física no siempre cura.

    La invisibilización es una forma moderna de aniquilación: no destruye el cuerpo, pero socava la potestad de existir en el tejido social. Y en esa erosión hay una crueldad singular —sutil, cotidiana— que nuestra vida colectiva ha aprendido a practicar sin nombrarla.

IV. Dimensión social y política: la economía de la atención

    Ignorar ya no es sólo un gesto entre dos personas; es una estructura que sostiene al mundo.

    Vivimos en una época donde la atención se ha convertido en una moneda. Todo —la amistad, el arte, la opinión, la memoria— se mide en visibilidad. Lo que no aparece, no cuenta. Lo que no se muestra, muere.

    Las redes lo han hecho evidente: existimos en la medida en que otros nos miran. Una fotografía, una publicación, una historia compartida, son pequeñas pruebas de vida. Pero el problema no es solo tecnológico; es cultural. Se ha instalado una creencia silenciosa: que el valor de alguien depende del brillo que produce en los ojos ajenos.

    Y, bajo esa lógica, ignorar se ha convertido en la forma más sencilla de borrar.

    Basta con deslizar el dedo, pasar de largo, no reaccionar. Ya no es necesario discutir, enfrentar o destruir: solo dejar de mirar. La indiferencia hace el trabajo sola, con una eficacia quirúrgica.

    El poder ya no se ejerce tanto por imposición como por omisión.

    Quien controla la atención, controla la existencia. Quien decide a quién mirar o no mirar, elige quién queda dentro o fuera del relato común. Así se construyen los silencios que borran biografías, las ausencias que parecen naturales, las desapariciones que nadie nombra.

    Y aunque todo esto parezca una consecuencia tecnológica, lo cierto es que responde a algo más profundo: el cansancio. Un cansancio colectivo que nos ha vuelto selectivos hasta la crueldad. Nos cuesta mirar, escuchar, sentir. La sobrecarga de rostros nos ha llevado a elegir quién merece presencia y quién puede quedar fuera.

    “Te ignoro, luego, no existes” no es, entonces, una frase casual. Es la síntesis amarga de un sistema entero que convierte la atención en privilegio y el olvido en castigo. Un mecanismo que todos, sin quererlo, ayudamos a sostener cada día.

V. Ética y violencia simbólica

    Ignorar no siempre nace del odio. A veces viene del miedo, del cansancio, de la incapacidad de cargar con otra presencia. Pero incluso así, su efecto no cambia: sigue siendo un golpe, un borrado.

    Hay violencias que gritan, y hay violencias que simplemente no miran.

    La segunda suele ser más devastadora, porque no deja huella visible. Nadie puede señalar el instante exacto en que una mirada se desvió o una voz dejó de ser escuchada. Pero, cuando ocurre, algo se rompe en silencio: el otro deja de ser “alguien” y se convierte en “nada”.

    La indiferencia tiene una ética incierta. Nos gusta pensar que ignorar es una forma de neutralidad, una retirada pacífica. Pero no lo es. Ignorar también es decidir. Es trazar un límite entre lo que merece atención y lo que no. Es ejercer un poder silencioso sobre el destino del otro.

    Hay momentos en que el silencio se justifica —para protegerse, para respirar, para no seguir en un daño mutuo—, pero hay otros en que el silencio se vuelve arma. Es el modo más civilizado de destruir sin ensuciarse las manos. No hay gritos, no hay insultos, no hay testigos. Solo una presencia que se apaga poco a poco.

    Esa es la verdadera violencia simbólica: la que borra sin tocar. La que elimina sin pronunciar una sola palabra. La que mata la voz sin cometer crimen.

    “Te ignoro, luego, no existes” suena a ironía, pero también a sentencia. Y lo terrible es que esa sentencia ya no necesita juez: la dictamos todos, con nuestros descuidos, nuestras distracciones, nuestras prioridades. Es el veredicto automático de una sociedad que castiga con el olvido.

VI. Estética: humor negro y aforismo

    Hay frases que parecen nacer riendo, pero lo hacen desde una herida.

    “Te ignoro, luego, no existes” suena ingeniosa, casi divertida, como una broma cruel lanzada al aire. Pero cuando se la mira de cerca, su humor se vuelve oscuro, ácido, incómodo. No provoca risa: provoca un silencio.

    Su estructura imita la solemnidad cartesiana, pero su contenido es puro desencanto. Es el eco de una sociedad que se ha acostumbrado a mirar sin ver, a escuchar sin oír, a convivir sin sentir. La frase no solo retrata esa costumbre: la exhibe.

    Porque ignorar, en el fondo, es decir: no me importas.

    Es declarar que el otro no tiene peso en mi conciencia, que su existencia no altera mi mundo. No hay empatía, no hay vínculo, no hay curiosidad por el dolor ajeno. Solo la indiferencia como coraza. Y esa coraza —que creemos escudo— es también prisión.

    El sarcasmo de la frase no es burla, es diagnóstico. Su humor negro revela el grado de frialdad que hemos aceptado como normal. Nos reímos de ella, pero lo hacemos con incomodidad, porque en el fondo sabemos que describe algo real: un vacío emocional que se disfraza de equilibrio.

    “Te ignoro, luego, no existes” funciona como aforismo porque resume con pocas palabras una catástrofe silenciosa. Es sencilla, directa, inolvidable. Su simetría la hace elegante, pero su contenido la vuelve cruel, profundamente cruel. Es una joya tallada con hielo.

    Y, tal vez, su poder esté en eso: en que logra decir con belleza lo que nos duele reconocer. Que hemos dejado de sentir al otro. Que la empatía se ha vuelto un lujo, y la indiferencia, una rutina.

Reflexión final — una invitación

    “Te ignoro, luego, no existes” es una frase que duele porque es cierta.

     Pero también porque nos muestra algo que aún puede cambiar.

    No es un lema, ni una sentencia definitiva: es un espejo. En él se refleja lo que somos cuando dejamos de mirar.

    Ignorar al otro es negarle su forma, pero también es vaciarnos un poco de la nuestra. Porque toda presencia humana necesita de otra para mantenerse viva. Nadie existe del todo en soledad; existimos en el intercambio, en el reconocimiento, en la mirada compartida.

    La indiferencia puede parecer inofensiva, incluso elegante. Pero cada vez que elegimos no mirar, no responder, no escuchar, colaboramos con una forma de desaparición. A veces, sin intención, somos verdugos de una presencia que sólo necesitaba ser vista.

    Y sin embargo, hay un reverso posible.

     Si ignorar puede borrar, mirar puede restaurar.

     Una palabra, una atención sincera, un gesto mínimo, son capaces de devolver contorno a lo que se desdibuja. Reconocer al otro no exige grandes discursos: basta con detenerse, con mirar de verdad, con decir —aunque sea en silencio— “te veo”.

    La frase “Te ignoro, luego, no existes” nace del malestar del mundo, de la fatiga, de la soledad masiva. Pero al nombrarla, al enfrentarla, también abrimos una grieta. Por esa grieta entra la posibilidad de revertirla.

    Mirar, escuchar, responder.

    Tres actos pequeños que devuelven existencia.

    Tres gestos que, si los recordamos, podrían escribir una versión distinta del tiempo que vivimos.

    Quizá el nuevo aforismo que nos salve sea el contrario:

    “Te miro, luego, existimos.”

 

    

sábado, 8 de noviembre de 2025

La leyenda del Capitán Crowe. Quinta Parte.

LA LEYENDA DEL CAPITÁN CROWE

Quinta Parte: Sombras sobre el Estrecho


 La emboscada del camino

    La noche avanzaba espesa sobre las colinas de Algeciras. Las sombras, como espectros silenciosos, latían junto a los muros de piedra de una antigua casa fortificada. Dentro, todo estaba envuelto de una tensa calma. Doña Catalina de Albornoz esperaba, cubierta con un manto oscuro que apenas dejaba ver el brillo de sus ojos decididos.

    Junto a ella, Doña Beatriz —su confidente más fiel— sostenía un pequeño cofre cubierto por una tela de terciopelo negro. En su interior, un pequeño tesoro, el verdadero motivo de aquella huida: un conjunto de joyas familiares, monedas de oro y documentos confidenciales, planos estratégicos y una lista de simpatizantes liberales desperdigados por toda Andalucía. Aquello era tanto un elemento clave en la causa isabelina como una sentencia de muerte, si caía en manos equivocadas.

—Está todo preparado, mi señora —susurró Beatriz.

    Catalina asintió, sin mostrar nerviosismo.

    Afuera aguardaba el carruaje, custodiado por dos escoltas de confianza.

    El cochero —un hombre viejo y callado— lanzó una mirada rápida al cielo nublado antes de azuzar los caballos.

    El portón se abrió con un quejido.

    El carruaje se internó por un camino estrecho y pedregoso, serpenteando entre encinas y jarales.

   Debían alcanzar el muelle antes del amanecer, donde los esperaba La Estrella de Cádiz. El navío liberal tenía órdenes de zarpar rumbo al norte de África. Allí, Catalina podría refugiarse, entregar sus documentos a los representantes exiliados de la causa isabelina, y dirigir y financiar la lucha.

    Durante largo rato sólo se escuchó el rumor de los cascos y el chirrido de las ruedas.

    El aire olía a humedad y pólvora vieja.

    Catalina observaba el horizonte invisible tras la ventanilla mientras apretaba contra su pecho un pequeño estuche de cuero: el segundo juego de copias de los documentos, por si el cofre se perdía.

    De pronto, al llegar a una encrucijada, el carruaje se detuvo.

    Las voces llegaron primero como ecos, luego como amenazas.

—¡Alto ahí! —gritó alguien desde la oscuridad.

     Seis hombres, todos partidarios carlistas, emergieron del bosque, con las boinas rojas y las chaquetas desabrochadas. Llevaban trabucos y espadas cortas; alguno sostenía vacilante una botella; sus muecas olían a vino y peligro.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo uno, acercándose con una antorcha—. No parece caravana de mercaderes…

—Viajeros a Cádiz, señor —respondió el escolta mayor, tenso.

    El hombre acercó la antorcha al carruaje. El resplandor se reflejó en el rostro de Catalina. Y el silencio se hizo incómodamente denso.

—¡Por los cielos! —rugió otro de los carlistas—. ¡Es la bruja de Albornoz!

    Los demás se miraron entre sí, incrédulos y luego voraces. Los carlistas les ordenaron descender del carruaje.

—Así que huye la flor de los liberales… —bromeó el cabecilla—. Tal vez su rescate valga más que el tesoro que lleva escondido. Tal vez Ramiro pronto la haga suya.

    Y golpeó con el pie el costado del carruaje, donde el cofre estaba disimulado bajo un manto.

    Catalina lo miró con frialdad.

—Lo que llevo conmigo no tiene precio para sabandijas que no sepan leerlo —respondió con desprecio.

     La osadía en su voz encendió la ira del enemigo.

    Uno de ellos, ebrio, alzó su arma y la apuntó directamente a su pecho.

—¡Calla, bruja! ¡Vas a morir esta noche!

    El auriga contuvo el aliento. Doña Beatriz soltó un gemido.

    Catalina no se movió.

    Un disparo resquebrajó el silencio de la noche.

    El ebrio carlista cayó hacia atrás, sin un quejido.

   Antes de que los demás pudieran reaccionar, tres figuras armadas emergieron de la espesura. Disparos, acero, gritos ahogados. El combate fue breve y feroz.

    Cuando el humo se disipó, los atacantes yacían sobre el suelo o huían heridos hacia la oscuridad.

    El hombre que había disparado al carlista que amenazó a Catalina se acercó al carruaje.

     La luz temblorosa de una antorcha iluminó un rostro curtido por el mar y una mirada impenetrable.

—¿Se encuentra bien, mi señora? —preguntó en un español áspero, salpicado de un acento inglés.

    Catalina alzó la vista.

 —¿Quién sois vos?

—Anthony Blackmore, marinero de La Estrella de Cádiz —respondió con una leve inclinación—. El capitán me envía para escoltarla hasta el muelle.

    Catalina observó el cofre, luego al hombre.

   No era un soldado. Había algo en su postura, una mezcla de disciplina refinada y de melancolía, que la desconcertó.

    Pero no había tiempo para preguntas.

—Subid, señor Blackmore. Partiremos de inmediato. Debe haber carlistas agazapados como lobos hambrientos en cada matorral del camino —acotó el viejo auriga—.

    El carruaje retomó la marcha.

    En su interior, el cofre reposaba entre las rodillas de Beatriz, cubierto otra vez por el velo negro.

     Catalina, mirando a través de la ventanilla, sintió por primera vez en días una punzada de esperanza.

    Frente a ella, Anthony mantenía los ojos fijos en la oscuridad, alerta, mientras el viento nocturno agitaba el manto de la dama.

     Y cuando la Luna iluminó fugazmente el rostro de la doncella, algo en el interior del pecho de Anthony —quizás el alma del viejo capitán Alistair Crowe— volvió a latir, ahora con una fuerza nueva y desconocida para él.

El rugido del abismo

    Antes del amanecer, cuando apenas despuntaban los primeros rayos de luz y las penumbras de la noche comenzaban a disiparse, La Estrella de Cádiz levantó velas rumbo al sur.

    El mar se agitaba, con un oleaje que presagiaba desgracia.

    Doña Catalina y su fiel Beatriz permanecían en el camarote, junto al cofre sellado.

    Anthony —o el Capitán Alistair Crowe, como el destino lo conocía en su verdadera piel— vigilaba desde cubierta, atento a cada nube, a cada cambio en el viento.

    El Capitán Mendoza, junto a su contramaestre Diego “El Vizcaíno”, revisaba las cartas náuticas.

—Si el viento nos acompaña —dijo el capitán Mendoza—, antes del anochecer divisaremos las costas africanas.

    Pero el viento no sería su única compañía.

    La huida de Catalina no había pasado desapercibida. Desde el este, sobre el horizonte, dos siluetas oscuras se acercaban con rapidez.

    Pronto distinguieron dos navíos con banderas carlistas ondeando al sol naciente.

—¡A toda vela, que vienen por nosotros! —gritó un vigía.

    Los cañones de La Estrella fueron cargados con rapidez.

    Las voces se alzaron en cubierta como un coro de acero.

    Finalmente, fueron alcanzados.

   El primer impacto hizo temblar el barco: un proyectil enemigo había rozado la popa, lanzando astillas humeantes en todas direcciones.

    Anthony se puso al mando del costado de babor.

—¡Apuntad bajo! ¡Dejad que el viento guíe el tiro! —gritó con voz firme, con su acento inglés atravesando el fragor.

   El intercambio de balas se sostuvo por varios minutos.

   Los proyectiles de La Estrella de Cádiz, bajo la dirección de Anthony, respondieron con precisión mortal.

    Uno de los navíos carlistas ardió, escupiendo humo y fuego antes de hundirse lentamente con su tripulación.

    Los hombres del capitán Mendoza vitorearon.

    Pero el segundo enemigo —más veloz y maniobrable— embistió el costado de La Estrella y lanzó sus ganchos de abordaje.

    El caos se desató.

    Aullidos, tumulto, disparos.

    Los carlistas treparon como enjambre por las jarcias, y pronto la cubierta se convirtió en un infierno de gritos y sangre.

    Anthony luchaba con una furia que ningún mortal hubiera reconocido como humana.

    Su sable, largo y oscuro, trazaba arcos de luz bajo el sol.

   Pero entonces, una bala perdida lo alcanzó en el hombro izquierdo, haciéndole retroceder.

    La sangre empapó su camisa, y por un instante le pareció que el mundo a su alrededor giraba sin control.

    Finalmente, tropezó, perdió el equilibrio y, entre el estruendo de la batalla, cayó al mar.

    El agua lo devoró con un rugido sordo.

    Abajo, todo era silencio.

    El dolor en el hombro ardía, pero peor era la voz que escuchó entre las corrientes mientras se hundía más y más:

¿De nuevo huyes, Alistair? El mar siempre te reclama...

    Era el geniecillo, el espíritu maligno que había sellado su destino.

    Lo veía riendo entre burbujas oscuras, como si, incluso en el fondo del océano, también allí respirara su presencia.

    Anthony cerró los ojos. Por un instante pensó en rendirse, en hundirse de una vez.

    Pero entonces vio un rostro: Catalina, bellamente iluminada por los rayos de la luna, con la mirada firme de quien no teme ni a la muerte.

    Y en ese instante, Alistair “Bloodstain” Crowe volvió a nacer.

    Golpeó el agua con fuerza, alcanzó la superficie del mar, nadó hasta los restos de un cabo y se impulsó de regreso al costado del barco.

    Subió con un solo brazo, jadeando, empapado y sangrando, pero con el fuego de mil tormentas en los ojos.

     El agua chorreaba de su cuerpo como si el mismo Poseidón emergiera de las entrañas del océano.

    Sus hombres, al verlo de nuevo en cubierta, creyeron ver un espectro.

—¡Por Dios bendito, es él! —gritó el Vizcaíno—. ¡Blackmore ha vuelto del infierno!

    Ramiro, líder carlista —un gigante despiadado de mirada fría—, quien ya se hacía vencedor en aquella refriega, lo vio subir y sonrió con desprecio.

—Así que tú eres el inglés —dijo—. El demonio del mar del que hablan las historias.

—Y tú —replicó Anthony, empuñando su sable con la mano derecha—, serás una más de mis historias.

    El duelo fue brutal; cada golpe resonaba como un trueno.

     El enemigo era hábil, calculador, y poco a poco fue acorralando a Alistair, debilitado por la herida.

     Con una estocada certera, le derribó la espada, haciéndola volar hacia los tablones.

    El carlista levantó su sable para dar el golpe final.

    Entonces, un disparo resonó.

    El proyectil impactó justo en el pecho del carlista.

    El hombre cayó de rodillas, miró incrédulo hacia la fuente del disparo…

    Y vio a Doña Catalina, firme, en la escalerilla de popa, con una pistola aún humeante entre las manos.

    El silencio duró sólo un segundo.

    Los marinos de La Estrella de Cádiz rugieron de nuevo y arremetieron con renovada fuerza, hasta que el último carlista fue muerto o hecho prisionero.

    El viento se llevó el olor a pólvora y dejó sólo el suspiro de las olas.

    Anthony, exhausto, se apoyó en la borda.

    Catalina se acercó, temblorosa pero serena, y colocó una mano sobre su hombro herido.

—Me habéis salvado —dijo él, con una voz apenas audible.

—No, sir Anthony —respondió ella con dulzura—. Esta vez nos salvamos mutuamente.

    La brisa agitó su cabello y, por un instante, el mar se volvió tranquilo, como si incluso el océano reconociera la nobleza de aquel instante.

    Pero en lo profundo, invisible a los ojos de todos, algo se agitó entre las aguas, dejando escapar una risotada tenue que el viento arrastró, como si un antiguo pacto se removiera, impaciente por cobrarse su deuda.

Adiós bajo la luna de Arcila

    Luego de un navegar incierto, de dos naves enemigas incendiadas, el fragor de la batalla había quedado atrás, pero todavía resonaba con fuerza en la memoria de la tripulación.

   El mar, como un animal exhausto, se había rendido a la calma.

   La Estrella de Cádiz avanzaba decididamente, mecida por las olas que reflejaban con armonía los rayos dorados del atardecer.

   En el camarote, Beatriz, fiel consejera de Doña Catalina, retiraba con delicadeza la camisa empapada de sangre del inglés.

    Anthony soportaba el dolor con los dientes apretados, mientras ella, con temple de cirujana, extraía la bala del hombro y la dejaba caer sobre la mesa de roble con un seco tintineo.

—No hay hueso roto ni órganos afectados —dijo ella, limpiando la herida—. Pero la fiebre no tardará en llegar.

—Ya ha llegado —susurró Anthony, mirando de reojo a Catalina, que observaba en silencio desde el otro extremo del camarote.

    Durante días, mientras la costa africana se insinuaba como una línea dorada en el horizonte, y Catalina y Anthony pasaron largas horas conversando.

    Ella le habló de España, de las ideas liberales, de su amor por la libertad y la justicia.

    Él, en cambio, hablaba poco.

    Pero cuando lo hacía, su voz tenía el peso del océano.

—He visto demasiadas guerras, mi lady. Al final, el mar siempre se cobra lo que es suyo —mientras decía estas palabras, Catalina le apretó su mano.

    En otras ocasiones, Catalina lo encontraba en cubierta, mirando el horizonte con expresión perdida, como si esperara oír una voz que sólo él podía escuchar.

    En esos atardeceres de calma, la brisa traía consigo una afinidad silenciosa, un lazo entre ambos que no necesitaba palabras.

    El Capitán Mendoza, recuperado del motín y del combate, los observaba con resignado entendimiento.

    Sabía que pronto dejaría el mando: la Corona lo reclamaba en tierra para servir como enlace entre Cádiz y Madrid.

    Una noche, llamó a Anthony a su camarote.

—Señor Anthony —dijo el capitán Mendoza, con voz grave—, este barco necesita un capitán de verdad. Alguien con temple, con mar en las venas. Y ese hombre es usted. La tripulación lo respeta, y yo confío en su juicio. Le ofrezco el mando de La Estrella de Cádiz.

    Anthony permaneció callado, la mirada clavada en la lámpara que titilaba sobre la mesa.

—No sé si el mar me quiera, capitán —contestó finalmente—. O si sólo me tolera.

    Mendoza sonrió.

—El mar no quiere a nadie, amigo. Sólo respeta a los que lo entienden.

    Dos días después, la nave atracó en el puerto de Arcila, bajo un cielo limpio y luminoso.

    Los hombres desembarcaron entre cánticos y vítores, y la ciudad blanca los recibió con el aroma a especias y sal.

    Doña Catalina bajó la escalinata, rodeada de su pequeña comitiva y del cofre sellado que contenía el tesoro y los documentos destinados a financiar la causa liberal.

    Antes de pisar tierra firme, se volvió hacia Anthony.

    El viento jugaba con su velo, y por un instante, su mirada tuvo la ternura de quien sabe que un adiós no siempre es una despedida.

—No tengo palabras para agradeceros lo que habéis hecho —dijo ella con voz quebrada—. No sólo me salvasteis la vida… también el alma.

    Anthony inclinó la cabeza.

—Yo, en cambio, la perdí —murmuró apenas.

    Catalina comprendió.

    Le besó con amor la mejilla, y por un momento, todo el universo se detuvo.

    Fue un beso breve, pero ardía con el fuego de un amor prohibido, de una promesa, de un juramento entre dos almas que se reconocían en el mar de la vida, y a las que el destino concedía apenas un suspiro de compañía.

    Luego giró, subió al carruaje que la aguardaba, y partió hacia el interior, entre el polvo del camino y el murmullo de las palmeras.

    Esa noche, Anthony permaneció en cubierta, solo.

    El mar estaba sereno, y la brisa africana traía ecos de tambores lejanos.

    En silencio meditaba. Pensó en aceptar el mando, en quedarse allí, quizás comenzar una nueva vida junto a aquella mujer que había encendido un faro en la oscuridad de su alma.

    Pero entonces… una carcajada casi imperceptible surgió entre los pliegues del viento. Cada vez se hacía más clara y fuerte.

¿Creíste que podrías escapar, Alistair Crowe? —susurró el geniecillo, invisible, aunque tan real como ímpetu del océano.

    El hombro herido comenzó a arder.

    Un dolor antiguo, inhumano, subía por su brazo hasta el corazón.

El mar no olvida sus pactos.

     Anthony cayó de rodillas, jadeando.

—¡Maldito ser del infierno! —vociferó con esfuerzo—. ¿Ahora también te ensañarás conmigo arrebatándome a Catalina?

    Entendió que el demonio del abismo no lo dejaría gozar de redención ni amor.

    Sollozando, se levantó, caminó hasta una lancha pequeña que, solitaria, permanecía en la orilla de la costa.

    El mar, una vez más, lo esperaba, mudo y paciente.

    Remó hacia la línea del horizonte, mientras la Luna lo seguía, como una lágrima suspendida en el cielo.

    Nadie lo detuvo. Nadie lo vio partir.

   Sólo el murmullo de las olas pareció despedirlo, y el eco lejano del geniecillo riendo entre las aguas, llevándolo a un viaje sin rumbo ni destino.

    En la costa, Catalina se despertó sobresaltada, como si su alma hubiera oído aquella partida.

    Corrió hasta la orilla, pero desconsolada, sólo alcanzó a ver, a lo lejos, bajo los rayos de una melancólica luna, una barca diminuta perdiéndose en las espesas brumas del amanecer.

    Una lágrima silenciosa recorrió su mejilla. 

    Atormentada se preguntaba interiormente si algún día lo volvería a ver. 

    El viento trajo consigo una frase que el mar parecía susurrar una y otra vez:

“Anthony Blackmore no muere… sólo navega allí donde los hombres olvidan sus propias sombras.”

 

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    La leyenda del Capitán Crowe, el pirata maldito es una novela de aventura, misterio y fantasía histórica, donde los pactos se sellan con sangre, el amor desafía a la muerte y el mar nunca olvida a quienes le deben algo.

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